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"Recado de Escribir", de Santiago Delgado
Opiniones de actualidad y creaciones literarias
Acerca de
Santiago Delgado es Profesor de Literatura y escritor
 
Tambores


Oigo tambores, por la noche, desde casa. Los escucho en los ratos en que logra el silencio robar alguna décima de segundo a la parlanchina caja de los colorines. Caja, a la que voy haciendo pasar de un canal a otro, incesante, en búsqueda de gancho plástico o narrativo que me ancle la atención. Son tambores que trae el viento, a través del aire, aún frío, de Febrero o de Marzo. Son tambores que ensayan un redoble fúnebre de pausada marcha de cortejo pasional. Ya se estremecen las túnicas, dobladas en los armarios y roperos, esperando la blanda mano que los vuelva a planchar, para estar dispuestos, un año más, a la emoción del sagrado desfile nocturno. Ya tiemblan las capuchas, aguardando el enhiesto cartón que hará erguir su cónico ser. Hay un ritmo monótono, reiterativo, acostumbrado y serio en esos tambores que digo.
Pasó el carnaval, y en el horizonte ya se divisa la floral primavera que trae el recuerdo de la Pasión. Buscando están los apóstoles quién les alquile el borrico para entrar en Jerusalén, y amontonadas comienzan a estar las albísimas palmas para recibir al Nazareno. Como a las briznas de hierro atrae un imán, así ordenándose van las conciencias penitentes para cumplir el rito de la reconciliación divina con los humanos, a través del Sacrificio.
Todo eso me dicen los tambores, intercalados entre dos spots televisivos, en los aledaños de mi conciencia. Allá lejos, en horas de asueto, una banda ensaya sonoro acompañamiento de percusión al Cristo de la Cofradía. Comienza a perfilarse el tiempo nazareno. Y yo siento un algo de ajenidad culpable en ese redoble sucesivo, que me acusa de permanecer extramuros de la Ciudad Cofrade y su pompa y circunstancia; una pompa y circunstancia que tanto son para mi ciudad, y tanto fueron para el niño que yo fui antaño.
Suspiro, y enmudezco el televisor. El flash de los tambores torna secuencia, y puedo entonces, captar más en su médula el cálido mensaje humano, que envuelto en el golpeteo de los parches, ha sabido subir hasta mi consciencia de ser humano alienado que, en busca de qué buscar, vagaba por las ondas catódicas, una noche de invierno en los principios del segundo recodo del camino de la vida. Su ritmo mueve entonces mi corazón, y su sístole y diástole pasan a ser los de la Creación, proyectada sobre mi conciencia. Acompaño el solemne movimiento de la marcha, y dejo al corazón volverse niño, contemplando el paso de la banda.
Pero llega el final de la percepción. Me reacomodo, respiro hondo, y vuelvo a tomar el mando. No llego a recomenzar el zapping. Demasiada la dosis de autoconciencia tras el suceso. Me levanto, y voy al libro que acoge, estos días, mi lectura. Vale.
No