El nuevo paisaje sin campaniles

Hay muchas novedades en el paisaje, en esta era global. Uno de ellos es el de las nuevas poblaciones de adosados o polaris que podríamos llamar. La geografía regional-murciana, y gran parte de la española, está cambiando la tradicional perspectiva desértica, el medio ambiente de los lagartos y los yermos irredimibles, por risueñas neopoblaciones, con o sin campos de golf. Pero no voy ahora a batallar eso.
Antaño, cuando no éramos globales sino simplemente post-prehistóricos, en cuanto se levantaba aldea o villorio, allá que iba la iglesia, la ermita o la mezquita o sinagoga. Ahora no. Ése es el tema hoy. Los urbanistas han eliminado de sus proyectos las necesidades espirituales. No sé si definitivamente. Por muchos polaris que vean por ahí, no verán ninguno con su campanil de avisar las horas o las liturgias de turno en el día. Si recuerdan, al final de cada carretera, se alzaba la torre de la iglesia del pueblo, con su espadaña y su cupulita, distinta según las zonas. Recuerdo las negras y puntiagudas de la zona de Madrid, las chatas de La Mancha, las de azulejo de Valencia, y así. Ahora, al final de la autopista sólo vemos la zona de rodeo del pueblo siguiente. Y, si miramos a la izquierda o a la derecha, el pueblo con su torre bien amada, emblema de todas las gentes de la comarca.
Los habitantes de los polaris, ya digo carecen de tal motivo de orgullo. Tienen zona de servicios, donde hay zonas de esparcimiento y otras fruslerías, pero carecen de ámbito sagrado u oracional alguno. Podría argüirse que son segundas viviendas, de condición efímera en cuanto a ocupación por sus dueños; pero eso sólo palia la ausencia. Ausencia que no sé muy bien si es o no es defecto. Se trata, pues, de una arquitectura horizontal, donde nada sobresale. Se ha eliminado la verticalidad de la torre o del alminar. El humano quiere todo a su dimensión, y nada que le haga sombra. Es la llegada de una generación de incrédulos o de laicos. El ser humano globalizado se autoabastece de espiritualidad o elimina necesitarla. Muy caro es el metro cuadrado de terreno polaris para sufragar tanto espacio como necesita ermita o iglesia parroquial. Además, también parece ser que hay pocas vocaciones sacerdotales, y sería aumentar oferta para una demanda moribunda.
Así pues, el laicismo horizontal contra la vertical espiritualidad, todo sobre la plana superficie del terreno recalificado para mayor gloria del municipio y el desarrollo vecinal, o del terreno directamente edificable, encontrado por el constructor. En todo caso, sucede en esta tierra, arrebatada al alacrán y al grillo, que siguen teniendo espacio ancho y glorioso por ahí. Pero, me vuelvo a ir por peteneras que no son las de esta prosa. Vale.
Comentario:
Hay obviedades que no por obvias son menos significativas, es el caso de la enunciación latina "apta natando ranarum crura sunt". Y si las patas de las ranas son aptas para nadar, y las alas de las aves las facultan para volar, la espiritualidad humana favorece la transcendencia, esa pulsión eminente que penetra lo esencial, que discurre desde el latido cardíaco a la emoción enamorada, del embeleso a la fascinación mística. Más allá de los límites experienciales están las calidades, los sentidos plurales y los sentidos únicos, las dudas irresolutas y las constancias indudables. El humán (o/a, por aquello de modernidad) es verticalidad, porque así lo quiso un día, porque se irguió sobre sus patas traseras y miró dominante la sabana. Y, entonces, de forma coral, lo acompañó el lenguaje y lo aturdió el pensamiento reflexivo. Como consecuencia, se sintió pequeño y grande al mismo tiempo, y supo que por siempre jamás se preguntaría por su propia razón de ser y por el sentido último de su vida. Y, ascendentes, como él, levantó torres, alminares, templos y oratorios que, con su aspiración de infinito, le ayudaron a humillarse, a sentirse mínimo y sencillo, a ser consciente de sus propias limitaciones en el concierto de la existencia. Sin embargo, por un exceso descontrolado vino Babel, y después el becerro de oro, más tarde el oro del becerro... y más tarde todavía, el simple oro, sin ninguna clase de becerro que lo sustentara. La horizontalidad pardusca, tosca, grosera y vulgar enseñoreó entonces la simbología diaria. Sepulcros blanqueados, cementerios del ingenio humano, estercoleros de la pericia, muladares del talento, se adornaron con jardinería, se refrescaron con piscinas y fuentes, se abrieron sin reparos a las entidades financieras, bancarias e inmobiliarias que fluidifican el oro con maestría y habilidad, lo movilizan, lo airean e intercambian para mayor gloria de la sagrada horizontalidad. El hombre fue bajando su mirada, inclinándose, replegándose sobre sí mismo, más por torpe actitud que por humilde prestancia, acortando su horizonte, acomodándose a la molicie de su recortada y castrada inquietud. Se estaba “tan agustito”, se estaba tan bien... se estaba tan cómodo, se era tan feliz con el supermercado, la urbanización, el concierto, la farmacia, el chalé, el estadio, las grandes superficies y el campo de golf, que nada más se necesitaba: todo era horizontalidad y perfección, sin desafíos verticales, sin exigencias de altura que pudieran descoyuntar las almas ante los intentos de elevarse por encima de las miserias cotidianas. Ya no había que levantar la cabeza hacia ninguna parte. Y el humán sustituyó los sentidos nobles, aquellos que le permitían mirar más allá y oír las campanas, aquellos que en su día lo alejaron del mundo de la superstición y de la magia, por los sentidos inferiores: por el tacto reconocedor del grupo, por el olfato diferenciador de la casta y por el gusto alimentador de una gula alienante y consoladora. Un mundo feliz en un Sur feliz. Y, entonces, amigo Santiago, el mundo todo deseó vivir en un Sur plano, liso, sin arrugas, sin altibajos, en donde masas ingentes de humanes, reconvertidos, adaptados, domesticados, se dejan adormilar, en perpetua cansera existencial, por un sol de justicia, que, desde arriba, les impide mirar al cielo quemando sus pieles, sus ojos y cualquier atisbo de inquietud susceptible de elevación o de vuelo.
Comentario:
Me encantan los pueblos "de antes" porque tienen más sentido que las grandes ciudades. Mi madre es de un pueblo de la Mancha, que casi hace frontera con Jaen...y no cambiaría nada de su paisaje...Albaladejo, se llama. Si quieres...ve a verlo :)
Un beso
Un beso





