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"Recado de Escribir", de Santiago Delgado
Opiniones de actualidad y creaciones literarias
Acerca de
Santiago Delgado es Profesor de Literatura y escritor
 
El sepulcro de Don Quijote, 2


Tres días después, una silenciosa comitiva formada por el bachiller, que iba al frente, de gala vestido y a caballo ricamente enjaezado como para ver a duques, un carro contratado para la ocasión por el mismo Sansón Carrasco en Toledo, su correspondiente arriero, de desconocida procedencia y que cruzaba al azar las vastas tierras de España, así casi la totalidad del pueblo, que ahora sí encontró motivo para despedir a su ilustre vecino, acompañó tanto la ceremonia de exhumación del cadáver -que contó con la tranquilizadora aquiescencia del preste- como la procesión hasta las afueras del pueblo. Más allá, sólo siguieron, según fuera convenido, arriero, bachiller y carro con los despojos de Don Quijote.
Atravesaron Mancha adelante hasta llegar a La Alcarria, y es fama que aún siguieron, alcanzado serranos parajes de nemoroso entorno y soledad extrema. Cuando el bachiller lo juzgó oportuno, detuvieron su marcha, y procedieron a descargar el humilde féretro. Cavaron una fosa de profundidad suficiente como para defender al cadáver de las alimañas, e hicieron descender el ataúd hasta el fondo. Cubrieron luego la fosa, hicieron una sencilla cruz con ramas caídas que clavaron a la cabeza del pobre túmulo y rezaron un Padre Nuestro por su alma. Ni un nombre, ni un epitafio desvelaron el anonimato de su tumba.
Pagó el bachiller al arriero y dividieron camino ambos: hacia latitudes ignotas el arriero, de vuelta al olvidado lugar de La Mancha el bachiller y convecino de Don Quijote.
Sólo él supo dónde quedó el hidalgo, y es noticia que nunca a nadie dijo dónde inhumó los restos del Caballero de la Triste Figura. Tampoco nadie le preguntó en el pueblo dónde quedaban Palacio y Panteón de los Duques por aragonesas tierras.
-Requiescat in pace... idealismus demens –dijo antes de arrojar el último pellón de tierra sobre la tumba.
De viejo, ya casado con la sobrina, y abuelo feliz, el bachiller tuvo pesadillas, según contara la propia sobrina, su esposa. Pero no sabía explicar qué diablos, de todos los que había en el infierno, perseguían a su marido. Íbase entonces la sobrina a consultar con el cura, ya viejísimo, y éste la consolaba con explicaciones fútiles sobre los estudios del bachiller, que afloraban a traición en la mollera, y que de ahí que el estudio y la lectura no fueran recomendables para la gente sencilla y buena. La sobrina recordó entonces lo que sucediera con su señor tío, luengos años atrás, y, conformándose con tales razones, decidió que, acaso convendría también quemar los libros en que su señor marido leía con fruición alguna tarde que otra.


Cuando escuchó la propuesta, el bachiller cerró los ojos y suspiró. Al día siguiente, preparó viaje, dijo que a Toledo para buscar comprador de los libros que peligraban ser quemados. En realidad buscó, sin encontrarla, la perdida tumba de Don Quijote. Cuando volvió, todos comentaron lo mucho que, últimamente, había envejecido el bachiller, y lo callado que se había vuelto.
-Los libros... -dijeron todos en la aldea. Vale.
No