¡Viva Yecla!

Yecla, de Pura Azorín
Un pueblo que sabe reírse de sus propios mitos, es un pueblo feliz. Un pueblo feliz y plenamente integrado en lo universal, saltando toda la pueblerinidad que supone esconder las esencias propias en algunos de los habituales relicarios laicos en que hoy, por tantas partes, se veneran las señas propias de identidad. Reírse de los propios mitos no significa defenestrarlos, sino apropiárselos más todavía, al hacerlos compatibles con el buen humor, el ingenio y la cotidianidad. Supone alejarlos del peligro de profanación ajena, y supone afianzarse en una manera de ser y de respetar lo importante, que no es otra cosa, sino el hombre mismo, el ser humano.
He estado en Yecla, un pueblo que pudo ser manchego o alicantino, y al que la Historia acabó haciendo murciano. Meras administratividades que no quitan el sueño a ningún nativo. Me han invitado a ver la obra de teatro La Verdadera Historia de Yecla, una sucesión de sketches, alineados a los largo de la Historia, marcados por la impronta del buen humor, el sarcasmo autocrítico y un excelente quehacer escénico, a cargo de la Compañía Inestable: un grupo de entusiastas aficionados, ya duchos en el arte de Talía, que nuevamente han deleitado a sus convecinos, y a quienes hasta allí acudimos, con su función. Una función aparentemente iconoclasta, pero que, en profundidad, no es sino afianzamiento en raíces más profundas que la que aportan los mitos legados.
Desde la Dama Oferente hasta el Capitán Soriano, van dibujándose por el aguafuerte de la escena, uno a uno los emblemas yeclanos. Y uno a uno van sucumbiendo al verso y a la gracia de los actores. Los viejos mitos han sido bajados del pedestal, y han sufrido/gozado de la secularización más noble que existe: la de pasar a ser motivo de comedia; no de risa. Si media la inteligencia, no hay risa degradante; hay una nueva consideración del respeto. Feliz el día que las estatuas bajaron y acompañaron a los ciudadanos a tomar vinos o pasear al sol de la primavera.
La secuencia del Capitán Soriano, una mezcla en diálogo del Tenorio, Don Mendo y Calderón fue todo un alarde de ingenio y de gracia; así como la del don de la Dama Oferente a los yeclanos: los gazpachos. El alegato, inspirado en pariguales monólogos femeninos del siglo áureo, de Concha Azorín a los Reyes Católicos, echándoles en cara los eternos plazos que las autoridades provinciales o estatales han dado siempre a Yecla, valiente y acertado. Lo mismo que las tribulaciones del moro golfista para construir un campo de golf, haciendo, a contracorriente de lo oficial, una crítica a los ecologistas extremos.
Por todo esto, por haber sabido llenar el Teatro Concha Segura a la misma hora que un Madrid-Barça, hay que decir muy fuerte. ¡Viva Yecla! Más universal que nunca. Vale.
Comentario:
El articulo expuesto me parece una buena opinión, que el humor sirva de terapia para analizar y comprender al mismo tiempo de donde proceden los mitos de una comunidad, de un grupo de gentes que tienen algo en común. En este caso, es un pueblo que como bien nos señala Delgado, por puro azar "cayó" en la región de Murcia.
Sola una pequeña acotación, la crítica de los que ellos llama "ecologistas extremos", (la metafora de la sandia es muy graciosa), yo no la interpreto como que esté dirigida a estos, sino que todo lo contrario, con el urbanismo y la especulación inmoviliaria que en ocasiones salpican los consistorios de estas regiones del sureste español, y a la locura de intentar sembrar un semidesierto de campos de golf. Con todo me parece un articulo muy acertado y una autocritica a los murcianos de la capital.
Un saludo
Sola una pequeña acotación, la crítica de los que ellos llama "ecologistas extremos", (la metafora de la sandia es muy graciosa), yo no la interpreto como que esté dirigida a estos, sino que todo lo contrario, con el urbanismo y la especulación inmoviliaria que en ocasiones salpican los consistorios de estas regiones del sureste español, y a la locura de intentar sembrar un semidesierto de campos de golf. Con todo me parece un articulo muy acertado y una autocritica a los murcianos de la capital.
Un saludo





