El Enigma Vivaldi: más Magdalena


¿Tú también, Vivaldi? Podríamos preguntarle al rijoso Prete Rosso de la Venecia de mediados del XVIII. Pues sí, a él también lo han involucrado en el asunto Magdalena-Jesús. Y ahí está el hombre, yéndose a morir a Viena, no se sabe bien a qué. Peter Harris lo ha descubierto. Directito que se fue a la biblioteca imperial, a buscar la biografía que de su Maestro Jesús, escribiera José de Arimatea, el dueño de la tumba donde enterraron al crucificado. Y, claro, la encuentra. Da noticia secreta de su hallazgo a sus compañones de secta: Fraternitas Charitatis, y se muere. Pasa más de un cuarto de milenio, y he aquí que llega el joven violinista cordobés Lucio Torres a descubrirlo todo. Tachán, tachán… Empieza la novela, y el lector no sabe nada de todo esto. Se le cuenta la muerte de Don Antonio en la catolicísima Viena imperial de la época, y también cómo la policía secreta del Dogo veneciano anda detrás de lo que ha descubierto el virtuoso violinista del Ospedale Della Pietà, inclusa femenina de la Serenísima.
Esto es el meollo pseudohistórico del asunto. Funciona bien como polo de atracción. Pero estamos, ante todo, delante de una buena novela de intriga. Ahora que descubro. Ahora que me enamoro, Ahora que encuentro. Ahora que huyo. Ahora que me escondo. Ahora que me descubren. Ahora que me descubro, por gilipuertas. Que me cogen, que me liberan. Uf, que llegan los buenos y me salvan. Y, por fin, que aparece el Cardenal Gambini, y por buen chico, y por regalarle la partitura del Prete Rosso con la confidencia de José de Arimatea, me obsequia con un Stradivarius. Qué bien, oh. Y a mi novia con un collar rematado en una gema del copón. Polis buenos e Iglesia Católica buenísima. Todo políticamente correcto.
Después del petardo de oro de Dan Brown y de El Último Merovingio, llega El Enigma Vivaldi. Todo sobre lo mismo. Una ventaja de esta última sobre las otras dos es, aparte su mejor documentación, su magnífica traducción. Apenas se dan esos atranques tan característicos del traductor que se empeña en ser muy fiel al original. Un apunte sobre la magnífica descripción gastronómica, que aparece por doquier en el texto. Desde Cervantes no hay quien resista la tentación. Harris sale bien de todos los retos, tanto del menú de tavola calda callejero, como el de la exquisita mesa de un Cardenal. Muy bien documentado. Al igual que pasa con el callejero veneciano y sus monumentos. Se da a esa ciudad el protagonismo que siempre requiere cuando sale de escenario en una novela. Se echa de menos la justificación de la omnisciencia del narrador, que, a la manera antigua, ni se presenta, ni se autoexplica. Entretiene y está bien llevada. ¿Vale? Vale.





