María Guirado

Leo en este periódico, que ha tenido la buenísima idea de dedicar un espacio, noble y amplio, a la cuestión docente, que el IES Licenciado Cascales ha editado un volumen en homenaje a la que fue profesora de su Claustro, Doña María Guirado Cid. Un acierto, del que me hubiera gustado participar. No puedo presumir de haber sido allegado de primera fila de tan humanísima figura; pero sí colaboré con ella algún tiempo, recorriendo la todavía preautonómica región, impartiendo cursos de perfeccionamiento al profesorado de Primaria. A tono con ello, y en la privacidad de mi coche, trabé nutridas conversaciones con ella, sobre lo divino y lo humano, tanto de la Enseñanza, como de cualquier otra cosa. En aquella Murcia sin autovías, los viajes daban mucho de sí. Cuando más se encendía era cuando se hablaba de sintaxis, una de sus pasiones, y de los autores de gramática. Afiancé mucho mis conocimientos escuchándola, y también entrando en nuevas dudas, que me abrían nuevos caminos.
Luego, fue profesora de mi hijo, en el IES mencionado. IES, que bajo la denominación de Alfonso X el Sabio, había sido mi Instituto cuando discente, nada más y nada menos que durante nueve años. Dos en la Escuela Preparatoria, seis de Bachillerato, y uno de Preuniversitario. Su creencia en la virtualidad esencial de la Enseñanza, su ejemplo de trabajo, y todas cuantas demás cualidades se puedan predicar de un docente, en ella estaban reflejadas. Su figura humana, delgadita, frágil y en apariencia débil, se compaginaba con una firmeza rocosa en sus creencias pedagógicas. También humanísticas.
Yo no sé si es posible que se dé ya este tipo de docentes, que sabe suscitar esa adhesión tan específica en el alumnado, así como de los compañeros de trabajo. Desde luego, pobre de aquel alumno que no haya tenido alguien, como profesor, siquiera lejanamente parecido a María Guirado. Sí, no me demoro más en decirlo, hay un tipo específico de amor entre discente y docente, cuando se dan profesores como María. Es eso por lo que el alumno pasa a ser discípulo. Y que hace, al profesor, sentir algo así como la maternidad pero no, hacia su alumnado. Y digo maternidad, no paternidad. No sé si me explico, pero yo me entiendo. Espero que algún lector también.
Pero, además, era un centrifugado permanente de gusto por la literatura. No sólo por la Lengua. La Literatura, para ella, era algo más que una materia de estudio, algo más que una asignatura. Si no llegaba a ese fondo del alma, donde se estremece el último reducto del ser, de nada valía la Literatura. Para los que casi hemos perdido la fe en esa visión de lo literario, esa militancia suya es todo un ejemplo, y un faro para reencontrar la fe perdida. Vale.
Comentario:
De vez en cuando vienen muy bien, amigo Santiago, unas inyecciones de fe y de esperanza renovadas que engrasen los engranajes del alma. Y, cierto es, que si eso es deseable también lo es el reconocimiento patente, enfatizado incluso, de aquellas personas que fueron y supieron ser maestros y maestras de sus correspondientes discípulos y discípulas. Porque, como bien expones, una cosa es ser profesor y otra bien distinta ser maestro."Maestro", hermosa palabra ligada indefectiblemente al mérito, al valor, a la principalidad, a la expertización humanizada, a la independencia de pensamiento, al respeto mutuo, a la autoridad bien sedimentada. No está de más que, con motivo de tu merecido homenaje a la inteligente y buena de María Guirado, con la que también tuve afectuosa y adeudada relación, se desempolve esa tupida capa de arrogancia, de presunción y engreimiento que se deposita pesadamente sobre la sabiduría oficializada, muchas veces vanidosa y enclenque, esa sabiduría que nada tiene de sabia y mucho tiene de estúpida, y que se limpie con minuciosidad cada dislate y despropósito, a favor de una valoración justa, incluso trascendente, de los auténticos sabios, de las personas que nos legaron modelos positivos de conducta, que nos enseñaron a abrir puertas con la alegría que brinda el enigma y la aventura, que nos ayudaron a recorrer caminos, que nos provocaron emociones en lo más recóndito de nuestras neuronas, que nos ensimismaron con una palabra o con una idea; esas personas, maestros o maestras, que nos enseñaron a escuchar sin imponernos silencio, esas personas que corrieron el velo de pequeñas o grandes cegueras para que la luz iluminara nuestros pasos y supiéramos emprender nuestras rutas individuales, mientras iba fraguándose lo esencial y lo característico de cada una de nuestras personalidades. Agradecimiento, gloria y paz a quienes, sin violación intelectual, con ironía, mayéutica, agudeza y afecto, fueron faro luminoso en nuestra voluntad y latido emocionado en nuestro sentimiento. Que así sea.





