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"Recado de Escribir", de Santiago Delgado
Opiniones de actualidad y creaciones literarias
Acerca de
Santiago Delgado es Profesor de Literatura y escritor
 
Los hidalgos que hay en Alatriste

Acudo al ciclo que sobre el personaje de Reverte se celebra, de la mano de Pepe Belmonte en la BRM. Acompaño a los profesores Pozuelo y Revenga y a la profesora Cárceles. Peroro quince minutos y recibo petición del organizador de pasar de las musas a las letras mi ponencia.
Alatriste es claroscuro trasunto de otros cinco hidalgos literarios españoles. Podemos imaginar a Alatriste en el medio de un pentágono con el vértice hacia abajo, símbolo satánico. En cada vértice hay un hidalgo. A cada uno le rechaza una condición, aceptando otra. De ahí su equilibrio en el centro pentagonal.
En el vértice superior izquierdo se halla el amo hidalgo del Lazarillo de Tormes. Con él comparte Alatriste su orgullo de casta. El que lleva al lazarillesco hidalgo a marcharse de su pueblo leonés por no saludar a parigual más encumbrado. Recordemos al Alatriste que se bate con el hijo de Lope, por chocar en una esquina. Pero rechaza esa hipocresía permanente, en actitud social absolutamente estúpida ya entonces.
En el vértice superior derecho veamos al Caballero de Olmedo, el personaje de Lope. Con él participa de la valentía: la que demuestra el de Olmedo al marcharse de Medina de noche, a pesar de la voz de advertencia que le avisa: Sombras le avisaron que no saliese, / sombras le avisaron que no se fuese. En medio del camino, lo matan, cobardemente, de un pistoletazo. Pero nuestro Alatriste no es un enamorado, como el de Olmedo. Ahí el rechazo. En la última entrega Iñigo de Balboa, su biógrafo, lo advierte: Alatriste es incapaz de amor.
Ya debajo, en el vértice izquierdo, tenemos al que fuera tío abuelo del mismo Alatriste: Don Juan Tenorio. Con Don Juan coincide en su valentonismo, variante innoble de la valentía. En El Caballero del Jubón Amarillo, Reverte nos da un Alatriste canalla y matón, encoñado. El intento del novelista: quitar aura a su héroe. Quiere que nos desenamoremos de él. El cruce de palabras con el de Guadalmedina, en servicio de guardián de amoríos reales, es sintomático de este valentonismo. Lo mujeriego les separa. Alatriste no es burlador.
Vértice inferior izquierdo: allí está Don Álvaro, el del sino. De común la figura del soldado aventurero por Italia y Flandes. Disiente del afán de nobleza del cuarterón incaico. A Alatriste se le da un ardite no ser noble. En Don Álvaro es una obsesión.
Y, por último, en el vértice inferior, Don Quijote, nada menos. Ambos hidalgos poseen una soledad insondable, indefinible, de la que no pueden ser rescatados; distinta soledad, pero iguales efectos. Se separan en el afán quijotesco por cambiar el mundo. Al Capitán, el mundo no le dice nada. Ni desea cambiarlo, pese a no gustarle.
Helo, pues, ahí en medio del pentágono, acaso cercado, pero no vencido; eso sí, cansado.Vale.
No