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"Recado de Escribir", de Santiago Delgado
Opiniones de actualidad y creaciones literarias
Acerca de
Santiago Delgado es Profesor de Literatura y escritor
 
Los acantos del museo

El museo del que hablo es el de la Ciudad de Murcia. Detrás tiene un jardín, antaño cerrado para muchos y abierto para pocos, como corresponde a todo jardín que se precie. Por lo menos en esa dimensión mágica que trae consigo palabra tan especial, como la que han compuesto adverbio y sustantivo: antaño. Hogaño es otra cosa. Incluso la palabra ya suena a plebeyo, más cercana, pero con menos misterio. Bueno, pues, a la espalda de ese museo, hay un jardín de acantos. Yo me acuerdo de la frase de Rubén: Que púberes canéforas te ofrenden acantos; y era tópico decir que de toda la frase sólo se entendía el que. Era una manera de fastidiar a los modernistas tardíos por parte de los poetas del Veintisiete. También salía la palabra en Historia del Arte, los capiteles corintios no eran sino hojas de acanto guarnicionando el alma de piedra de la testa columnaria de los templos postclásicos, en el Helenismo tardío.
Ahora, los acantos están florecidos. Por los medios de la hojarasca, amplia y generosa de haz, se yergue altiva la eflorescencia macha de la espiga hasta una altura casi humana. Hay un desafío parasexual en la estampa. Un vástago soberbio, surgiendo como un géiser vegetal, desde el verde poderío de las hojas que inspiraron a los arquitectos-escultores de nuestro tiempo fundacional de occidentales. Así, mirados todos juntos, parecen rebaño de insólitas reses, alineadas en estricta formación militar en los parterres; parterres a los que cuadran las cuatro acequias que remedan aquellas cuatro corrientes del Paraíso islámico: agua, vino, leche y miel.
Yo paso ahora todos los días por allí, camino de mis trabajos y mis horas, y memoro cuando los veo, un pasado que yo no viví, pero que sigue latiendo de alguna manera en los acantos. Hay gloria en ellos, señorío. Crecen a la sombra de otros árboles, en amena compañía. Y, colijo, ignorados son por la mayoría de cuantos pasan o pasean, atravesando el jardín. Pero ellos siguen allí, habitando las platabandas del Jardín de la Pólvora, mal nombre donde los haya, recordando que algún día fueron elegidos para la eternidad del arte por algún genio. Un genio que supo ver en ellos la grandeza que requiere ser la apoyatura de los triangulares frontispicios donde la fortaleza y el primor del arte supieron darse la mano en los relieves conmemorativos. Ellos rompieron la seca, exacta geometría de los capiteles dóricos y jónicos, irrumpiendo como horda revolucionaria en el palacio del invierno de un clasicismo en final de ciclo, para dar paso a la maniera que iniciara el retorcimiento de las formas.
Yo los miro con mucho respeto, y elevo una laica oración culta por quienes primero vieron en él un mensaje de grandeza de espíritu. Vale.
No