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"Recado de Escribir", de Santiago Delgado
Opiniones de actualidad y creaciones literarias
Acerca de
Santiago Delgado es Profesor de Literatura y escritor
 
Un río Ebro de fruta

Vengo a Tarragona, impar tierra afirmo, y paso sobre el río Ebro, próximo a a sus desembocadura. Viajo con el entusiasta grupo de profesores de Lenguas Clásicas, que acuden a estos lares para ver los vestigios romanos que tanto aman y tanto saben hacer amar. Otro día les cuento eso. Hoy quiero centrarme en el momento en que el autobús cruzó el ancho y largo puente sobre el río. El río Ebro, naturalmente. Todos los rostros se arrimaron a las ventanillas para ver el hermoso, y a la vez triste, espectáculo de un río ancho, con agua. Algo tan desconocido para mentes como las nuestras, habituadas al entorno de sequía climática. Y hay algo de pena en la visión. Agua que se va al mar, perdiéndose; perdiéndose para siempre, sin que nadie la aproveche. Nadie.

Y me viene entonces la visión de un modo diferente del río. En lugar del agua rizada, algo verdusca del Ebro, ordeno a mi mente lance la imagen a mi subconsciente de un río de frutas: naranjas de Santomera, peros de Cehegín, melocotones de Cieza, limones de Beniaján, ciruelas de Archena, albaricoques de Ceutí, y nísperos de cualquier otra parte del sureste español. Todos ellos, y muchos más que no menciono, sustituyen al líquido elemento del Ebro. Se mueven hacia la mar, como el agua del río verdadero. Y se arrastran inexorables, rozándose, amontonándose por aquí y por allá en el insólito cauce. Forman, en la pantalla de mi imaginación, un abigarrado cortejo de mil colores en movimiento. Es hermoso, pero sucede que van al mar, a perderse. Nadie podrá transformar esa potencia frutícola en riqueza de braceros, de suelo hurtado a la sequía y a la desertización, y en aluvión de divisas. Nadie.

El río de frutas que continúo viendo por dentro de mi cabeza, pasado ya el espacio entre riberas, prosigue y prosigue, interminable. Un lecho de arena del fondo marino les espera. La nada. Son plenamente hermosos los frutos mientras aún pasan bajo el moderno puente de diseño, pero van, ya digo, no a los mercados europeos, llevando dentro de sí el sol y el agua del territorio español, que es de todos. Un río polícromo, rojo de ciruelas por aquí, gualdo de limones por allá, verde de peros y de peras por acullá. Ellos, los frutos, intercambian su posición, empujados por otros a los que el desnivel de las altas cotas, obligan a coger el ímpetu necesario para arribar a su triste destino de riqueza perdida.

Hay suspiros entre los viajeros, resueltos en ayes de leve lástima, sin verbalización alguna. No es necesario. Existe una comunión entre todos de elegíaco lamento por el agua que no se tiene, y que se ve cómo el que la tiene, la tira. Vale.

 
Comentario:
Richter decía que “la necesidad es la madre de todas las artes, pero la abuela de todos los vicios”. Hay ejemplos de pueblos que durante años han tenido que ingeniárselas para conseguir el agua necesaria para su consumo, para la explotación agrícola y ganadera sin tener un río cerca (la comarca de Monegros, por ejemplo) y de ellos hemos de aprender que cualquier zona puede ser autosuficiente en recursos hídricos aplicando sus métodos a cualquier zona sea muy lluviosa o no. Ahora bien, “los vicios” llegan cuando desechando nuevas tecnologías para obtener agua por sí mismo te abalanzas hacia un equilibrio de cuencas hidrográficas (de las excedentarias a las deficitarias). Aún resulta más malicioso cuando los cubres de un falso lazo de fraternidad interterritorial, cuando no es más que el puro egoísmo económico el que motiva tal petición. A este fin se llega a la conclusión en el Manifiesto por una Nueva Cultura del Agua que hay que gestionar la demanda con políticas de control sin olvidar las limitaciones que tiene cada comunidad en cuanto a sus recursos hídricos y estableciendo una escala de necesidades básicas.
No