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"Recado de Escribir", de Santiago Delgado
Opiniones de actualidad y creaciones literarias
Acerca de
Santiago Delgado es Profesor de Literatura y escritor
 
LA DÁDIVA

Cuando Jesús de Nazaret resucitó, según estaba escrito, al tercer día, el diablo, vencido, dio una gran cabriola impulsado por la rabia y fue a caer al otro lado del mundo conocido: a las tarraconenses riberas de Hispania. Allí, cerca de la costa, en un bosque de pinos, en medio de una vaguada y sobre una roca, dio en meditar acerca de cuál habría de ser su tarea desde aquel entonces en adelante. En eso estaba cuando escuchó voces en latín, como correspondía a la parte del mundo a la que había ido a parar. Escondióse para no ser observado y facilitar así la espontaneidad de quienes oía. Con eso, comenzó a escuchar a los recién llegados.
Andaban despacio, mientras conversaban. Parecían gentes de calidad, encargados de velar por la cosa pública en los asentamientos cercanos. Uno, el que hablaba cuando el diablo empezara a entender lo que decían, vestía una toga larga, de lino, y se recogía una estola roja en el brazo. Con el otro señalaba los límites de la vaguada.
- No hay en Tárraco arquitecto que sepa salvar esa altura y esa distancia –decía, y negaba con la cabeza resignado.
Otro de ellos, sin duda militar, envuelto en coraza de cuero y rojo faldellín de cintillas de piel de toro castaño, pero sin yelmo en la cabeza, calvo por completo y hombre fornido, le replicó:
- No tiene por qué ser esbelto y elegante. Sólo tiene que servir. Mis ingenieros militares podrán hacerlo. Tenlo por seguro.
El tercero de los hombres, el más humilde entre todos, ataviado de corta túnica de basta lana gris y cinta a la cabeza, adujo:
- Ciertamente que no soy arquitecto. Sólo levanto edificios de pisos, cuatro todo lo más. Pero sí que me atrevo a intentarlo.
El centurión siguió hablando:
- Si no lo hacemos, pronto faltará agua en Tarraco. Y la gente comenzará a irse de la ciudad.
- Antes de un año no podremos traer a nadie de Roma para levantarlo –aclaró el edil.
El diablo entendió todo, como era omnisciente en lenguas; pues él había sido quien generara la multiplicidad habida en Babel, luego del Diluvio, cuando la lengua de Adán y Eva diversificó en mil maneras de hablar. Y, en el acto, coligió cuán a la contra de sus designios era perderse una ciudad, pues donde hay ciudad hay ladrones y hay coimas; hay usura y hay maldad de unos hacia otros. No así acaece en el campo, donde las familias, estando solas, más dadas son a la virtud y al recogimiento y, en fin, a la ausencia de perversión. Por ello planeó ayudar a los urbanitas que ante él, tras los gruesos pinos de generosa fronda, a punto estaban de rendirse a la evidencia de verse obligados a abandonar ciudad por ocupar campo. Debido a ello, y como mejor medida, optó por presentarse en apariencia de Apolo, el dios, pronto ya pagano, de la perfección. Adquirió en rápida metamorfosis la figura de esbelto joven rubio, semidesnudo, apenas envuelto en luengo paño de lino, que al aire dejaba su hombro derecho, hasta casi la cintura. Su rostro resplandecía cual pequeño sol. Portaba en la mano rollo de pergamino oculto en cilíndrica capsa, y cuando apareció, cayeron al suelo, por la sorpresa, los tres responsables de la urbe tarraconense.
Anduvo entre ellos, y les calmó.
-Nada temáis de mí, nobles ciudadanos. El Olimpo no quiere que vuestra ciudad se pierda. Mucho aprecia la piedad que mostráis hacia las deidades de vuestros mayores.
Se fueron incorporando poco a poco los sorprendidos ciudadanos de romana obediencia, y sin atreverse a mirar a la figura de Apolo, pues se cegaban, dieron en juntarse a modo de instintiva defensa. Entonces el falso Apolo alzó el brazo y siguió hablando.
-En este pergamino se halla dibujado el acueducto que precisáis, con todas sus medidas y con todas sus dimensiones, el lugar donde podréis hallar la piedra necesaria y el plano del terreno con todas las marcas donde se habrán de asentar las primeras piedras, así como la profundidad de los cimientos. Todo esto os doy para que sigáis fieles por los siglos de los siglos a vuestros dioses de siempre, negando la tierra a quienes vengan a predicaros nuevas religiones y nuevas divinidades.
Se dirigió al edil y le hizo entrega de la capsa. En cuanto dejó en su mano la dádiva, desapareció. De una cabriola, esta vez de júbilo, volvió de nuevo a la tierra de Israel, donde aún llegó a tiempo de tirar de la soga con que se ahorcaba Judas Iscariote, al borde un barranco. En el mismo aire recogió su alma, y huyó para el infierno.

FIN
22 de Mayo de 2006
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