Muerte del Romancero

Ando estos días ultimando una antología del Romancero, el Viejo y el Nuevo; o sea, de autor desconocido, y de autor firmante respectivamente. Un placer, manejar estas joyas líricas del arte literario-popular. Para ayudarme a escribir el prólogo, envié un correo electrónico de esos colectivos a todos mis amigos en las Letras interesados. Y comencé a recibir contestaciones en el acto. Quiénes se desvivían por mandarme letras de cosas oídas antaño, y quiénes precisaban más datos temporales, que es lo que yo pedía. Casi todas las contestaciones abundaban en mi propia experiencia: a los años 70 no pasó ningún romanceador profesional. Casi podemos decir que los mató la televisión, su sucesora. El Romancero era telediario, salsa rosa, parte de guerra y lección de historia, no a la vez, pero casi. La televisión fue el romanceador en casa. La primera tele que yo vi, en blanco y negro naturalmente, fue en el 64, en verano. Antes, en el 62, había visto a uno de ellos, guitarra en ristre, lograr detener a las señoras marujas que andaban con su cesta, aún de esparto, camino del mercado de los jueves en los bajos del Malecón. Sus temas eran truculencias puras, amalgamadas con cursilerías pornográficas y así. O sea, que la tele sólo le dio la puntilla al toro bravo del Romancero, devenido ya manso buey de lo populachero.
Por otra parte, ya andaba fraguándose la revolución de los Beatles y del Mayo francés del 68. El siglo XX comenzaba a morir, y el Romancero, con credencial de todo lo más siglo XVIII, y siglo XVIII español además, ya no tenia nada que hacer. Incluso las novelas por entregas le hacían fuertemente la competencia desde principios de siglo. No digamos ya la radio. ¿Quién no recuerda La Portera de la Fábrica o El Campanero de los 50? Por eso, y a pesar de un hecho aislado, digno de cuento, en Águilas, principios de los 80, descrito por mi amiga Fuensanta, podemos afirmar que 1970 es el techo temporal de la existencia del Romancero, espontánea y libre, en las calles de la Región de Murcia. En adelante, acaso, tan sólo de alguna voz de mujer a través de los patios de vecino, o de alguna madre añorante de infancias pudieron salir las octosilábicas cadencias del verso popular español por antonomasia. Es decir, el Romancero se redujo al ambiente privado. Y, sobre todo, a las aulas del sistema de Enseñanza, o, por lo menos, a algunas aulas. Enmudecieron las imprentas en cuanto a producir pliegos de cordel doblados en octavilla, y los ciegos comenzaron a fomentar el cupón más que la cantinela. La que fuera llamada columna vertebral de la Literatura Española murió en su vertiente popular. En adelante, sólo quedó la culta. Vale.





