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"Recado de Escribir", de Santiago Delgado
Opiniones de actualidad y creaciones literarias
Acerca de
Santiago Delgado es Profesor de Literatura y escritor
 
Gaviota

Al poco de formarse los mares, en los tiempos del Génesis, comenzaron a surgir las primeras olas. Al principio fueron como lisas ondulaciones de convexa cúspide, navegando tranquilas por la acuosa superficie inmensa, impulsadas por el viento y por el mar de fondo. Luego, el mismo viento comenzó a engrandecerlas, dando en rugir entre ellas, llevándolas de acá para allá, orgulloso, como un pastor formidable a sus ovejas. De pronto, aparecieron las nubes, que oscurecieron el azul firmamento. Molestóle el suceso al desencadenado aire, y litigó con la borrasca, sobre cuál de los dos habría de ser el amo de las olas.
Mientras, las montañas de agua iban y venían por el vasto mar, cerradas, contemplando el magnífico pugilato entre viento y nubes. Mas, oscurecióse el cielo, y comenzaron a caer rayos, a sonar truenos, y a bufar el viento. Poco a poco, las olas fueron dejando su redondez inicial, y vieron adelgazarse su frente de avance, en curva línea de cresta, de la que comenzaban a desprenderse gotas en forma de burbujas. Al poco, surgió la primera espuma, apenas unas burbujas que aún no formaban blanca señal. Pero pronto comenzó a rugir la ola, merced al agua que bate sobre la propia agua. Bramando, avanzaban y avanzaban sobre la infinita inmensidad del océano.
El viento se enfadó al verse retado por olas y truenos, y se esforzó enorme en el silbo furioso de su magno estruendo. Por ello, arreció en su soplo y la tempestad cobró fuerza. Se desataron rayos mil y sonaron truenos ciento, que, mezclados con el batir desordenado de las olas, y el ulular del viento, conformaron el horrísono desconcierto del océano.
En tal discordia se hallaban cuando las olas percibieron que ya no necesitaban del viento para seguir adelante con su marcha. La misma agua que venía tras ellas, las empujaba a seguir y seguir, con la inercia que el viento ya había dejado en su seno. Una de las olas logró salir de la barahúnda de relámpagos y demás desatadas fuerzas de la naturaleza oceánica. Y siguió adelante. El fondo, casi imperceptiblemente, comenzó a venirse arriba. Y, en lontananza, podía divisarse la línea de la costa, el horizonte terrestre. La ola recibió el impulso del agua empujada por el choque de la base con el fondo, cada vez más elevado. A golpes de espuma, cayendo y rehaciendo crestas, continuó avanzando hacia la costa. Una playa de fina arena, por rocoso acantilado resguardada, se hallaba al final de su recorrido. Una, dos, tres líneas de espumosa cresta gastadas en el avance, y la cuarta, cuando ya iba a romper sobre sí misma, cayendo sobre la dorada arena, pudo continuar su vuelo. Un borbotón de alba espuma surgió airoso sobre los demás. De sus laterales nacieron dos alas, que hicieron saltar por encima de la arena al resto. Del centro destacóse estilizado cuerpo, que ordenó el vuelo de la animada espuma. Cuando iba a morir sobre la primera roca, brotaron prestas las dos patas, logrando posarse sobre el duro risco. Entonces, surgieron cabeza y pico del espumón central. La gaviota, ya entera, plegó las alas, alzó la testa y saludó al sol, vencedor de la tormenta. Del resto de las olas fueron saliendo las demás gaviotas, que, una por una, colonizaron el acantilado.
Vale.

No