Había una vez…

Había una vez… Así empiezan todos los cuentos populares en todo el mundo, variando la literalidad, sí, pero aludiendo todos a lo mismo: la fórmula mágica de comienzo, la que sumerge al niño, o en general a todo el que escucha, en el mar de la narración. Es la clave de que se va abandonar la prosa oral ordinaria, la que se emplea para la admonición o el aviso cotidiano. Escuchamos: Había una vez… y sentimos girar el portillo que denuncia la existencia de una entrada invisible hasta entonces, al país de la maravillas. No importa que el cuento sea conocido. Siempre es diferente: los tonos y semitonos del rapsoda, los detalles ambientales; cualquier cosa hacía nuevo el cuento.
Y cuando el cuento era nuevo, oh, temblor especial del espíritu; entonces todas las potencias del alma se ponían en alerta para aprender las nuevas sensaciones, los nuevos sentimientos, los nuevos finales, las nuevas aventuras del héroe y los nuevos arquetipos de actuación. Nada hubo en la infancia como viajar al país de la ficción, acompañando a los protagonistas.
Pocas frases tan sabias como ésta. El verbo haber nos habla de la existencia, de la materialidad de lo que se va a desarrollar, en espacio, en personas, en seres materiales, en suma. La palabra vez nos habla de tiempo, de ocasión verdaderamente cumplida. Espacio, materia y tiempo. Sólo falta la energía, para acotar los cuatro polos de esta realidad cósmica que nos rodea. La energía se halla en el desarrollo del cuento: el héroe que viaja, el dragón que vuela, el miedo que se siente, la alegría del reencuentro, la pena de la pérdida. Porque energía, hablando de humanos, es, ante todo, sentimientos. Había una vez…, toda una lección de Ciencia Física en tres palabras.
Y, por encima de todo, un acto de comunicación grato, festivo, entre padres e hijos, abuelos y nietos, profesores y alumnos, o entre cómicos y espectadores. Pocas frases tienen tan unida su entonación. Una entonación que transporta misterio, concita ilusión y administra interés en el oyente o los oyentes.
Y decimos había, No hubo. Además del vocalismo abierto, en contra del fuertemente cerrado del hubo, la frase con había contiene la duración del hecho, la sostenibilidad en el tiempo de lo que se va a narrar. No se contempla como un hecho acabado, cerrado, del que dar testimonio cual notario que da fe; no, sino como serie de sucesos que viven independientes de su final, aunque éste se presuponga.
Pero esta parte del misterio de la frase no acaba aquí, señalemos esa inflexión vocálica hacia el centro de la frase, en caída hacia la oscuridad, la u de una, para luego recuperarse en esa e abierta de la palabra vez. Un ritmo que ya preludia variedad y movimiento.
Si tiene algún niño cerca, experimente el placer de contarle cuentos. Vale.
Comentario:
Interesante... Un cuento debería explicar el origen del Había Una Vez. Podría empezar ¿Sabes por qué todos los cuentos empiezan con Había Una Vez?





