Barnafossar, o la Cascada de los Niños

Hacia el Este de Islandia, casi a mitad de la isla, hay una de tantas cascadas de aquel país. Se llama La Cascada de los Niños. Barnafossar en islandés. Naturalmente, tiene su historia. Cuando llegamos, la lluvia islandesa nos recibió. En Islandia, la lluvia pierde su costumbre continental de caer hacia abajo en exclusiva. Viene de todas partes. Hay que ir preparado para rechazar el agua por doquier. El pantalón impermeable es pieza obligada. El viento, omnipresente, juega con el agua, que le disputa al aire su presencia en nuestro entorno.
Cuentan leyendas que, cierta vez, un granjero de la cercana Hraunsás acudió con su servidumbre a los oficios religiosos en el eremitorio comarcal. En casa quedaron sus dos hijos. Los supongo niña, la mayor, y niño, el menor. Aburridos, solos y con gran dependencia materna y paterna, decidieron salir en búsqueda de sus progenitores. En Islandia no hay interés mayor que el de la protección a los niños. Toda la legislación social gira en torno al bienestar de sus vástagos. Quiero suponer que no es tradición reciente. Admitamos que los dejaron en casa pensando más en evitar a los infantes las penalidades del viaje, duro siempre allí, que en el egoísmo paterno de verse liberados de preocupaciones.
El caso es que salen. Llegan a la cascada, entonces innombrada, y se disponen a pasar por un puente natural, construido por la misma corriente, al horadar uno de los pétreos muros interpuestos en su impetuoso camino. Pensemos que van de la mano. El pequeño resbala, casi se cae. La niña lo sostiene. Mas por poco tiempo. Acaban los dos en el agua violenta del fondo del cañón.
Vienen las penas y los llantos. Cuando acaban, la madre hace colocar un letrero sobre el puente. Advierte la prosa del letrero que nadie lo cruce sin afrontar la amenaza de ahogarse cual sus hijos. La madre castiga al puente a que nunca más acoja humanos. Poco después, un rayo, en tormentoso día, arranca el débil paso sobre los pilares de roca natural. Hasta aquí la conseja.
Siempre me conmovieron las historias de niños muertos. No cito por eludir morbosidad. Arranqué una florecilla, gualdo diente de león acariciado por la lluvia, y la arrojé a las aguas turbulentas del fondo. Medité una infanticida venganza de los antiguos dioses nórdicos, tras su desahucio de la Creencia islandesa, castigando a los padres, que van a honrar al nuevo dios. No llegué a escribirla.
Hoy, encuentro metáfora para sustituir al avatar antedescrito, glosador de esta cascada. Cuando abandonamos nuestra infancia, ésta intenta venirse con nosotros. Pero, a menudo, no hemos reparado el puente que nos unía a ella, y la infancia, en pos nuestro, cae a las aguas del olvido. Me fui con pena. Y con ese mismo lastre acabo ahora estas letras. Vale.
Comentario:
Un puente hacia la infancia eterna... Una historia muy nórdica, si. Igual de ahí viene la protección a los niños.





