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"Recado de Escribir", de Santiago Delgado
Opiniones de actualidad y creaciones literarias
Acerca de
Santiago Delgado es Profesor de Literatura y escritor
 
La luna por un telescopio

Miro la luna por un telescopio, sin maquillaje. Toda llena de cráteres y arrugas. Es como sorprender a una vieja dama sin sus afeites. Trasgredo la norma de mirarla lisa, con los únicos aumentos del ojo humano. Entonces, sucede que es otra cosa. Ya no es la luna de siempre. Es un objeto de atención científica. Se transmuta. Si los enamorados viesen todos los cráteres e impactos de meteoritos, no la hubiesen hecho su musa. Tampoco los poetas. Los cuerpos celestes no respetan a la luna. Se aprovechan de que carece de atmósfera, y le chocan sin piedad en su esférico ser. Pero los ojos del creador terrestre no lo ve.
Cuántas generaciones imaginaron a la luna cual perla celeste de triste luz, de límpida lisura cósmica. Pero no. La óptica desvela su secreto. Y la transmuta, como dijimos. Ora símbolo, ora cuerpo natural, la luna sigue su femíneo ciclo. Baja y sube, media o llena. O quizás nueva, que es cuando no se ve. Paradoja: llamamos luna nueva a la que no está. Acaso deberíamos llamar luna vieja a lo que llamamos luna llena. La luna lleva el tiempo al revés. Es vieja cuando fulge, nueva cuando apagada.
Los cráteres son como las cicatrices del alma de la luna, biográficas; tal cual las que llevamos en la cara todos. La cara, que es el espejo del alma. Pero la luna tiene dos caras. Una siempre nos la oculta. Se ve enseguida que la vida le ha deparado sinsabores a la luna. No tiene atmósfera que la defienda de la injuria de los meteoritos. El aire de la tierra quema a la mayor parte de ellos, antes de desintegrarse en la caída. Pero a la luna le estallan en la cara, como un acné sideral, para el que no hay crema salvadora.
Hay, pues, dos lunas: la lejana y la cercana. La muleta de la pupila, que es el telescopio, desgarra el velo de lejanía que cubre la cóncava faz del satélite. Y se ve también a la tiniebla, cerniéndose sobre el hemisferio adyacente, que ya se come los segmentos circulares de los cráteres más grandes. Gira la luna y gira, camino de su plenitud, que ahora ya será la postrera del estío. Hay pueblos que medían el tiempo por lunas, tal los pieles rojas de las películas de cuando entonces. No se fiaban de las estaciones, traidoras como ellas solas. Y hablaban de tres lunas y de cuatro lunas, para acordar con el hombre blanco la paz. Pero el hombre blanco sí que era traidor, hablando de días y de meses. El piel roja auténtico ignoró toda su vida que la luna tenía cráteres. Y fue tan feliz, hasta que llegaron los que medían el tiempo por el sol, que no tiene cráteres. Por eso es traidor. Vale.
No