El himno español, con un par

Para MJGB
Eso hizo el Maestro de Música de la Plaza de Toros de Murcia: atacar la interpretación del himno nacional español, cuando, el segundo toro indultado, Insípido, entró en corrales, magistralmente llevado hasta allí por el incomparable Pepín Liria, torero siempre. Antes, había sido Desordenado, ambos de Zalduendo. El respetable comenzó a entonar el Lala Lalero, letra popular del himno, y servidor no se puso en pie porque no tuvo el par que sí tuvo el Maestro de Música. Olé para él.
Tarde, sudor y toros, Ponce, Liria y Cid, cielo al poco encapotado, celeste y oro para los dos triunfadores y rojo y gualdo para el tercero que no fue otro que El Cid. Nobleza y compostura en cornados y espadas, como sabiendo ambos su oficio de música callada del toreo, que dijo otro Maestro, ahora literario. Los dos morlacos indultados embestían sin descanso, haciendo donosa gala de aquella sentencia sobre que el toreo no es combate de gladiadores, sino comunidad de toro y torero para escribir la partitura de esa música hecha de curvas, revoleos y testas alzadas que dice la frase, sobre el papel invisiblemente pautado de la tarde septembrina y murciana. Un deleite para la vista: la embestida fiera del toro transmutada en muletazo de arte. La valentía, para el toreo, viose en esta jornada, es como el pedestal para una estatua conmemorativa. Nadie juzga un monumento por su pedestal. Su misión de necesidad no agota, sólo complementa, el valor de lo conmemorado. Igual en el toreo con la valentía, nunca confundible, además con temeridad o desprecio al peligro.
La tarde se cernía gris sobre el coso taurino. El verano tardío, en vísperas de romería, sesteaba lento y húmedo. Arreciaban los abanicos en los tendidos, y la presidencia, más por causa de buscar, doblemente, el desusado pañuelo en los fondos de los cajones del palco, demoraba el anaranjado trapo que suponía el perdón del bravo. Marea de albos pañuelos, en las gradas, y fiesta en los corazones. Tarde triunfal y toreros con gloria. Enrique Ponce y Pepín Liria. Lunes, Doce de Septiembre, sexto año del siglo.
Brindáronse los tres últimos al público, cayendo la montera en pie, con el vellón al cielo, en los envíos de Ponce y de Liria. El Cid la posó, prudente, acaso más por respeto a la gloria de sus compañeros de terna, que por triste prudencia alguna. Mataron mentidamente ambos triunfadores con el diestro palmetazo que hermana a los protagonistas del albero, y ambos cornados, Insípido y Desordenado, se fueron a corrales como si hubieran recibido el espaldarazo que los hiciera medievales Caballeros de la Bóvida Especie.
Y eso no fue todo. El resto no es silencio, como dijo el clásico. El resto es la gloria, posada como el capote de faena, luego de una revolera hermosa, sobre el límpido albero de la plaza de toros del recuerdo. Olé.
Comentario:
Estoy totalmente en contra de esto que para mí es un crueldad y que otros llamáis arte...así que mejor no digo nada.
Un beso
Un beso





