Fátima de Córdoba, Maestra de Ibn-Arabí

En el Museo Sefardita de Córdoba, hay una estancia, íntima, abocada al patio del pozo, en cuyas paredes han reproducido un hermoso ramillete de mujeres cordobesas de la era precastellana. Están figuradas en un estilo realista, aunque algo idealizado. Entre ellas me llamó la atención el de una anciana: Fátima Ibn Mutanna; Fátima de Córdoba. Me llamó la atención por tres cosas: su rostro de aspecto aviejado, pero vivaz y dispuesto; su atuendo inequívocamente musulmán, y el hecho, siempre buscado por mí, de constituir alusión a la tierra mía de Murcia: se decía, en el texto explicativo, que había sido Maestra de Ibn Arabí, el Mursí. Me quedé con el nombre, y confié en Google.
Y de Google son estos tres textos que a continuación transcribo: Otra de las grandes mujeres del sufismo que actuaron como iniciadoras de Ibn Arabí en la vía (Mística) fue Fátima de Córdoba: ‘Cuando la conocí, ya tenía 90 años y se alimentaba de restos de alimentos (...). Aunque tan vieja y comía tan poco, me daba vergüenza mirarla a la cara, pues la tenía rosada y fresca’… Fátima fue quien designó con toda claridad las cualidades de Ibn Arabí, como él mismo relata en la biografía de su maestra: ‘Los otros –pone en boca de Fátima- vienen a verme con una parte de ellos mismos, dejando en sus casas la otra parte, mientras que mi hijo Ibn Arabí es un consuelo para mí, él es la frescura de mis ojos, porque cuando viene a verme, viene todo entero; cuando se levanta, se levanta toda su persona y cuando se sienta, se sienta con toda su persona. No deja nada de sí mismo, en otra parte. De esta forma es como conviene estar en la Vía (Mística)’. De ella también dijo Ibn Arabí que vivía acompañada por djinns creyentes. Es decir, por genios o elementales de la Naturaleza que habían reconocido el mensaje coránico y que se ofrecían para servirla, pero ella los rechazaba y prefería seguir en la pobreza.
En otra web, se puede leer: También encontré, en Sevilla, a Nunna Fátima, hija de Ibn al-Mutanna, que había llegado ya al decenio de los noventa años de edad, me daba vergüenza mirarle al rostro, pues lo tenía, a pesar de sus años, tan bello y hermoso, por lo regular de sus facciones y lo sonrosado de sus mejillas, que se la hubiera creído una muchacha de catorce años, a juzgar por la gracia y delicadeza de su porte. La Fatiha (primera Sura del Corán) era su favorita y preferida. A este propósito, me dijo una vez: ‘Me ha sido dada por Allah la Fatiha, de la cual dispongo a mi arbitrio para hacer con ella cuanto me plazca’. Allah le ofreció la posesión y dominio de la creación entera; pero ella, sin detenerse siquiera ante una sola de las criaturas, limitábase a exclamar: ‘¿Tú, sólo Tú! ¿Toda otra cosa que no seas Tú, es para mí de mal agüero!’. Vivía absorta en Allah. El que la veía, decía que estaba tonta. Pero ella replicaba: ‘¡El necio es el que no conoce a su Señor!’. Era la compasión misma para con todo el mundo. Su vida espiritual fue maravillosa.
El tercero de los textos dice: Serví como un discípulo a una de las enamoradas de Dios, una gnóstica, una dama de Sevilla llamada Fatimah bint al-Mutanna de Córdoba. La serví durante muchos años, teniendo ella más de 99 años de edad... Acostumbraba tocar la pandereta y mostraba gran placer en ello. Cuando le hablé sobre esto ella me respondió: "Me regocijo en Aquel que se ha vuelto a mí y me ha hecho uno de sus Amigos (Santos), usando de mí para sus propios propósitos. ¿Quién soy yo para que Él me escogiera entre la humanidad? Él es celoso de mí, cuando quiera que me vuelco con atención sobre algo distinto de Él, Él me envía alguna aflicción concerniente a esa cosa.
Seducido por estas comparecencias, di en componer estos versos:
Monólogo interior de Fátima Al Mutanna
(Un patio de Córdoba, c. 1187)
En la dulce penumbra del patio,
al atardecer de este día de Otoño,
veo al muchacho Elegido, el Mursí.
Espera que salga a recibirle,
humilde, pleno de él mismo, sabio.
Añoro, cuando así lo veo,
ser aquella muchacha
que se arrobaba en la última edad de niña,
a un paso de su primera luna,
al ser contemplada por los ávidos
ojos de los hombres, a la salida de la Mezquita,
cuando de la mano de mi padre
era recogida del amparo de su mujer, mi madre.
Aquella muchacha que buscaba, sin saberlo,
a los hombres jóvenes que se retraían discretos,
detrás de los mayores.
De mí misma me río, repensando estos recuerdos.
Con la misma inocencia,
que en otra edad yerro sería,
contemplo en esta víspera otoñal
-que también es la mía, nonagenaria soy ya-
a este muchacho, que aún no sabe
que señalado está por el dedo de Dios.
Ahora, desde la alta algorfa,
velada por la celosía,
lo veo esperarme tranquilo…
Tranquilo, pero ansioso de alma.
Cree que tengo algo de lo que él busca.
Y no sabe que todo se halla dentro de él.
Alá lo ha puesto allí.
Yo, acaso pueda, tan sólo,
ayudar a sacarlo.
Del mismo modo en que una comadrona
ayuda a salir a este mundo a los recién nacidos.
Otros Maestros tendrá, más sabios que yo.
Y más piadosos.
Mas todos ellos verán la luz de fuego
que arde dentro de su corazón.
Es la Luz de Dios,
que quiere arder allí, que se complace
sin consumirse, como en la zarza de Moisés,
en ese panal de miel pura que es su corazón.
¡Oh, quién como él,
que habrá de conocer el dulce aniquilamiento
en el Absoluto!
Pero está bien que le haga esperar.
Ha de templar su paciencia.
O… acaso haya algo de coquetería
en esta decisión mía. No lo sé.
Él gusta de repasar mi cutis…
“sonrosado, como de catorce años”,
me dice lisonjero, pero con sinceridad.
-En toda belleza está Dios -arguyó un día.
Y yo, rejuvenecida por su atrevimiento,
le sonreí…
¡Oh, pero ya no espero más,
ya bajo, ya, a escuchar sus preguntas,
y uncirme con ellas,
como una favorita se unta con sus aceites
y se reviste de sus alhajas, delante de su Señor!
Murcia, 28 de septiembre de 2006





