Pedro Lillo, artista

(Lucha de Hércules con Gerión, de Pedro Lillo)
Saboreo el privilegio de recibir, de la mano de la propia Amparo, la publicación que la Universidad de Murcia ha hecho sobre la producción artística del que fuera Profesor de Arquelología, Pedro Lillo. Ya glosamos su figura, egregia de lo entrañable y ejemplar de lo académico, con motivo de su marcha definitiva. Hoy, no tenemos más remedio que glosar lo que, cuando escribimos su elogium fúnebre, desconocíamos: su faceta creativa en el campo de la imagen. Vecino de ocasional charla en ascensor o paseos en camino común al salir de casa, nunca saltó el momento de que fuera enterado yo de esa afición, que muchos con menor talento, habrían hecho modo profesional de vida.
Hoy, repasando con delectación sus caricaturas, sus ex libris, sus acuarelas, retratos, relieves, alegorías, etc, añadimos con un cierto fervor, acaso algo culpable, este mérito que le adornaba, y que justo es que los más sepan. Para eso escribimos estas letras. Pedro Lillo era un gran dibujante. Voluntariamente recluido en el tono menor de los que consideran a lo suyo divertimento o escarceo, Pedro supo, a cambio de no optar a la dimensión pública de su Arte, llegar bien llegado a sus amigos universitarios. Prácticamente todos sus compañeros de Facultad poseen el tesoro de una acuarela, una caricatura o cualquier otra realización de su meritoria obra de soporte vario. Confería a su Arte la misión de unir más junto a él a sus amigos. El Arte, así, no era sino otro puente más para incrementar la unión con sus allegados. Y podía haber sido más, mucho más. Este libro lo demuestra.
Violín de Ingres, se llama esa figura de poseer una notable afición a cosa otra que la principal que hacemos. La pluma, el pincel, el portaminas, los colores, las tintas, un buril y tantos otros instrumentos que en vida usar pudo Pedro Lillo, bien que pueden atestiguar que en nada desmereció del pintor francés de Montauban, en cuanto a la maestría conseguida en esa segunda ocupación, tan vocacional como la primera. El Pincel de Pedro, podríamos decir entre nosotros en adelante.
Entre las reproducciones del catálogo, a todo color, permítaseme que señale una que en particular me agrada: el dibujo coloreado de la hazaña última de Hércules: la lucha con Gerión para robarle su ganado. Me place haber compartido con Pedro, sin saberlo, motivo de inspiración. El mayor intento novelístico personal mío, ése mismo fue, y no otro. Presentar esta hazaña herculina como escondido fundamento de la ciudad de Mastia, antecedente mítico de la Cartagena actual. Por editar quedó la segunda parte. Si alguna vez ocasión hubiera de darle pública luz editorial, ya sé que figuración trataría de obtener. Señalada está.
Felicitemos a la Universidad de Murcia su iniciativa, y a Gómez Espín, Jiménez Cano, García Cano y Martín Lillo, sus acertadas y elevadas palabras que portican el homenaje. Vale.
Comentario:
De nuevo encuentro un poco de tiempo para colaborar con mi humilde comentario en tu magnífico blog. Si bien es cierto que me he aproximado a él con una cierta frecuencia, últimamente me ha sido difícil ponerme a comentar con el mínimo tiempo requerido. Lamentablemente, por despiste o dedicación varia a múltiples asuntos, conocí tardíamente la desaparición del que fue amigo, contertulio y compañero de paseo durante muchos años, sobre todo durante aquellos años inolvidables de formación universitaria. Desde los “arriba y abajo” de Trapería y del Tontódromo, con charla animada y tonteo con y hacia las jovencitas paseantes en la vía contraria, hasta las caminatas eternas, siempre por disfrute, en los aledaños de la vía del tren, fue haciéndose camino al andar, senderos de vida que se fueron ampliando conforme se enriquecía nuestro intercambio de ideas y experiencias. Y qué decir de esas horas cargadas de artístico intelectualismo pasadas entre humo y humo en una mesa de Hispano o en el altillo del ya desaparecido Café Santos: un poco de gin tonic, una taza de chocolate, un cigarrillo tras otro y una tarde por delante. Desde los iberos a René Magritte, pasando por Van Gogh, Velázquez o Parmigianino, fluían los modelos arquetípicos mientras se escapaban, deliciosos, unos minutos cargados de ilusión y anárquico academicismo. Pintura, cine (no faltaba la presencia o la referencia al querido profesor De Hoyos), artesanía popular y chascarrillo ingenioso tenían cabida en igualdad de condiciones y en proporciones semejantes en el menú tertuliano, siempre roto y retomado por amigos fijos y circunstanciales. Pero, sobre todo, uno de los placeres más gratos de aquellas reuniones es el que proporcionaba la propia compañía de Perico Lillo. Acompañaba a Pedro un hálito de reprimido señorío, una dignidad en el gesto adornada por algo de antigua hidalguía. En él la risa era más risa, pues, refrenada con sordina muy educada, hacía de la compostura un elegante contraste con la trivialidad, la nimiedad o la frívola ocurrencia. Su alegría controlada y su seriedad aparente se compaginaban de forma peculiar, dejando una impresión cargada de ironía, agudeza, simpatía inteligente y bondadosa comprensión. Afable con todos y fiel amigo de sus amigos, superaba en humanidad a su ya muy alto nivel intelectual. Hijo de maestra, y él mismo maestro, no renunció nunca en su ejercicio universitario a ese carisma gozoso del magisterio español: fue maestro con todos, ejerciendo siempre de aprendiz. Y a ti, amigo Santiago, te descubro hoy aquí, si es que aún no lo sabes, otra faceta creativa del amigo Pedro en su juventud universitaria: la talla en madera de bastones de mando. Qué prodigio y qué finura. Qué preciosidad de piezas y qué trabajo minucioso llevado a cabo con navaja. Cómo lamento no haberle pedido en algún momento una talla de ésas, un magnífico testimonio de su rigor ejecutivo, de su precisión y de su constancia. Pero a cada uno lo suyo. Acompañe a tu sentimiento el mío y vaya aquí mi homenaje a la persona, al amigo y al artista.





