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"Recado de Escribir", de Santiago Delgado
Opiniones de actualidad y creaciones literarias
Acerca de
Santiago Delgado es Profesor de Literatura y escritor
 
EL AMOR DEL DONCEL DE SIGÜENZA

I
Nunca supimos el nombre de tu amada,
yaciente Doncel de Sigüenza,
Don Martín Vázquez de Arce.
La Historia nos lo hurtó
con silencio alevoso y culpable.

Plebeya y judía, dicen algunos que fue.

Que luego de tu muerte,
por eso precisamente
repudiada fue por tus padres,

Si buena sepultura te dieron, Doncel,
en aquella Catedral hermosa y grande,
mejor amor te quitaron
en la única vida que,
con tan escasa medida, gozaste.
Jamás podremos unir tu nombre
al suyo, desconocido para siempre,
como si no hubiera sido nadie.

II
Pero yo quiero darle nombre,
en tu nombre, Doncel,
y en el nombre del gran Amor
que, yo por vosotros lo afirmo,
tuvisteis, antes de que partieras,
a las guerras de Granada,
de donde no pudiste volver con vida

Sara, habré de llamarla,
Y morena la imagino,
con una gran cabellera suelta.
Seguramente, cantaría hermosas canciones
en yiddish y en ladino,
en las bodas y en otras fiestas
religiosas de los suyos.
Hacía ya tiempo que los judíos seguntinos
habitaban extramuros, expulsados
por la intransigencia eclesiástica,
justo como los afectados por la peste negra,
azote del siglo.

Quién sabe cómo os conocisteis,
en aquella Sigüenza de los Mendoza,
altiva, señera y grave…
Acaso la viste, primera vez, Doncel,
desde tu montura,
cuando a las herrerías bajaste,
cabe el Portal Mayor,
boca de la judería,
por ver cómo iba alguna forja
encargada por tu padre.

Habría subido ella
por encargo similar de su familia:
restañar un caldero o lañar una alcancía.

Os mirasteis, y ya nada pudo deteneros.

Doña Ana se llamó vuestra hija.
Quién sabe lo que lloraría Sara
al ver el tiro que portaba tu cadáver,
de Granada recién llegado.


III
Cuántas cábalas han hecho poetas
y escritores acerca del libro que lees,
en alabastro, sobre el túmulo
que te ha dado, amable, generoso y,
sobre todas las cosas, bello.
la certera inmortalidad de la memoria.

Tú fuiste doncel en el Palacio de los Mendoza,
en Guadalajara. Allí leíste los clásicos
griegos y romanos, junto a los Maestros de Castilla.
Y los italianos del siglo anterior al tuyo,
Dante, Petrarca y Boccaccio.

Por eso, quiero imaginar
que lees un libro imposible
en el que se aúnan vuestros amores
a los de los grandes amantes
de la Historia que tú leyeras
en el Palacio del Infantado:
Hero y Leandro, Píramo y Tisbe,
Francesca de Rímini y Paolo Malatesta,
Tristán e Isolda… y tantos y tantos otros
que han hecho, como Sara y tú,
Don Martín, amigo,
del amor, un misterio por el que pudiera darse,
sin dudarlo, hasta la propia vida,
la cual nada es, sin el honor
de haber sentido el amor como una llama
que arde y quema, sin consumirla,
esa honda conciencia solitaria
que habita, silenciosa y dorada,
casi desconocida,
en cada una de nuestras almas.

5-6 de Noviembre de 2006
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