Mientras rule…

Mientras rule, no es chamba, reza el título que José María Sobejano le puso al cuadro que la otra noche comentó el escritor Pascual García en el MUBAM. Con una soltura didáctica encomiable, el narrador y poeta fue desgranando el cuadro, desde su hechura costumbrista aparente hasta la sabia metáfora escondida en las líneas, colores y ambientación del pequeño cuadro. El juego de bolos murciano no tenía canchas especiales, se desarrollaba en el mismo carril que servía para acceso a las barracas. Seguros de no llegar carro que estorbara, pues era domingo, los huertanos limpiaban de hojarasca otoñal el entorno, dibujaban la chamba en el suelo, línea tras de los bolos en hilera, se iban hasta el comienzo del carril, y se aprestaban a coger las bolas de pesado jinjolero que habrían de lanzar, con doble objetivo: derribar bolos, y traspasar la línea de chamba. Así, por muchos bolos tirados que hubiera, si no pasaba la línea, no era chamba.
Sobejano nos narra, pictóricamente, el momento inicial del juego. Al fondo quedan los jueces, empequeñecidos por la distancia. Unas comadres parlotean fuera de la línea de tiro. Es domingo, y dejar pueden labores de hogar. Todos los compadres rodean al que se agazapa para efectuar su lanzamiento. Todos, menos uno. El que, de espaldas, se tapa con una manta. En él vio Pascual García trasunto del propio autor del cuadro. Su sombrero de ala ancha, calañés, contrasta con la sucinta montera del resto, jugadores. Dicho tocado es el centro del cuadro. Es la presencia del observador, del analista de la escena. El cuadro distribuye en verticalidades, humanas y arbóreas, la dimensión enhiesta de su composición. El carril y la acequia contrastan con esa verticalidad, aportando el sentido horizontal del conjunto.
Pascual vio en el carril metáfora de la vida. Mientras rule no es chamba. Mientras hay vida, hay esperanza. La bola del jinjolero ha derribado bolos, pero todavía no ha llegado a la raya, que tiene que traspasar para que haya chamba. Lo mismo ocurre con nuestra vida, mientras seguimos existiendo aún tenemos oportunidades de hacer chamba. De lograr lo que ansiamos o pretendemos. Además de esta metáfora nuclear del cuadro, otras muchas ayudan a entender como alegoría, el cuadro. La acequia, vida, transcurre por abajo, en primer plano, paralela al carril. Ayuda a entender el significado, con su agua vital. Es el carril la vida, son los huertanos nosotros, desdoblados en afanosos jugadores de bolos.
Es magnífica la consecución de esa luz vesperal del otoño, derramada sobre la tarde del día de fiesta murciano. Hay una ceniza leve, que difumina la nubosidad casi total, a la que unos álamos desnudos y unos cipreses lejanos no pueden tamizar. Leves apuntes de jazmines y primeras naranjas apuntan a un Noviembre incierto, como marco temporal de la estampa.
Lo costumbrista se revela así capaz de símbolo y mensaje. Lo explicó Pascual García. Vale





