Rocío de naranja

Pelo la primera naranja de la temporada, y el filo del cuchillo, al rasgar la piel del milagroso cítrico, hace saltar, como una pirotecnia chispeante, todo un ejército de gotitas de zumo por el aire de la cocina donde celebro este ritual descansado de la comida del sábado en pausa laboral y relax. Alégraseme la pituitaria en imprevista y felicísima fiesta, y se reacomodan las neuronas que del recuerdo son encargadas. Como la magdalena de Proust, rememoro todo un acostumbrado rito de postre e infancia en tiempos idos de adoquín y pantalón corto.
Se asemeja el suceso, pienso, un algo al burbujeo espumoso del champán que, tras haber roto su verdoso vidrio contra el casco del nuevo paquebote, inaugura navío en el mar. Así, pienso, el Invierno mismo, aun en Otoño, como gran barco, botado queda, sobre las aguas tranquilas del puerto donde se ubican los astilleros. Gran puerto de la cocina mía con su pequeño televisor negro y resto de alacenas, maquinitas blancas y fuentes de cerámica y mimbre, de naranjiles pirámides repletas. La cocina se llena de ácido olor y de entrañable reconocimiento de algo que es uno mismo, y había olvidado. Ya es perfecto recuerdo el verano, quemante, mientras el barco nuevo de la naranja en gajos, navega desde el plato a la boca, esperando encontrar las precisas papilas que acogen ese sol encerrado que son las estilizadas gotillas que conforman, por miles, el gajo.
En el plato queda el helicoide de la cáscara o piel, arduo dilema su nominación, que ha servido de fastuoso atuendo de gala para ese desnudo impar de los gajos, Eros del gusto. Manchados, los dedos desalarman su cuidado de permanecer secos, como prescriben las urbanas reglas del buen comer. Imposible permanecer con los dedos inmaculados, si se quiere ser naranja con la naranja, cuando se come naranja. Piérdense los demás sentidos, y acomódase el cerebro para recibir los estímulos precisos que reconocen la presencia de Su majestad la Naranja.
Cumple el mediodía su acabamiento, mas aun no es la tarde con nosotros. Poco a poco, sobre el plato de postre, la amable esfera blanquinosa va perdiendo su ser. Engullimos despacio, a fin de que dure, el manjar. Pero es inevitable su final. Lo menos va quedando ante nuestros ojos. Lo más, gozado ha sido por entero, desde los labios hasta el estómago mismo.
Afuera, la naranja del sol, hermana mayor de las de huerto, campea sobre el cielo, poniendo luz y tibieza dulce por los terrados y las calles, las ventanas y los balcones, derramando su cálido zumo sin distinción. Un poco de sol entra en nuestra boca cuando comemos una naranja, ese milagro frutal. Tal cual rasgueo de guitarra que se escapara de la caja de resonancia del paladar, saboreo el gajo postrero, apurando los últimos aletazos exprimidos contra todos los recovecos de mis órganos del gusto. Vale.
Comentario:
Agridulce poesía del otoño:la naranja. Nos pones al alcance de la vista su redondo sol doméstico, su estallido de sabor en el cóncavo estuario de la boca, su entretejida red de referencias emotivas. Por eso son mágicas las palabras,porque nos hacen más viva y más presente la realidad, rescatándola de la distancia y,en ocasiones, del olvido. Saludos, poeta de la prosa.
Comentario:
Agridulce poesía del otoño:la naranja. Nos pones al alcance de la vista su redondo sol doméstico, su estallido de sabor en el cóncavo estuario de la boca, su entretejida red de referencias emotivas. Por eso son mágicas las palabras,porque nos hacen más viva y más presente la realidad, rescatándola de la distancia y,en ocasiones, del olvido. Saludos, poeta de la prosa.





