A buen juez, mejor testigo

Jueves, último de Noviembre, y toca comentario narrativo en el MUBAM. Fue turno de F. J. Díez de Revenga. El cuadro, A buen juez, mejor testigo, de Juan Martínez Pozo. Tanto el tema del cuadro, como el autor de la leyenda, son o fueron románticos. Románticos del tiempo de los románticos. Inmersión absoluta. Díez de Revenga nos contextualizó perfecta y amenamente la época. Martínez Pozo, contemporáneo absoluto de Bécquer, conoció París, y murió, prematuro y malogrado, a los 26 años. Fue discípulo de Ingres, en la capital de Francia.
La leyenda toledana que desarrolló Don José no es otra que la del Cristo de La Vega, en la que el Crucificado actúa de testigo ante el juez que le pidió testimonio sobre la promesa matrimonial hecha por el mozo castellano, antes de partir a Flandes, ante el mismo Cristo, al que cogiera los venerables pies para afianzar su juro de amor. Torna Diego Martínez, que así se llamaba el galán, hecho un Alatriste de mal corazón, y desdeña a la bella Inés. Ay, del desamor. Ataviado como Capitán de los Tercios, coraza, banda roja, plumado chapeo y toda la parafernalia del uniforme de gala de oficial del Emperador, aparece en la escena, tratando de alejarse del alegato de Inés, que rubia y valiente, pone al Cristo como testigo del perjurio del mal Diego.
La palabra tranquila, sabia y comunicante del ponente fue desglosando los pormenores de la leyenda, en la interpretación de Zorrilla, hasta llegar a la escena cumbre de la obra del vallisoletano, momento en que el Cristo, desclava su mano derecha, la posa sobre el libro del notario, y lanza su clara voz divina:
-Sí, juro.
Pero lo descrito en el cuadro es el momento cumbre del juicio, cuando Inés, se desdice de su anterior declaración sobre la ausencia de testigos, y aduce la presencia del Cristo como garante de su promesa de amor.
-Capitán, idos con Dios, / y dispensad que, acusado, / dudara de vuestro honor. / Tornó Martínez la espalda / con brusca satisfacción, / e Inés, que le vio partirse, / resuelta y firme gritó: / -Llamadle, tengo un testigo. / Llamadle otra vez, señor. / Volvió el capitán don Diego, / sentóse Ruiz de Alarcón, / la multitud aquietóse / y la de Vargas siguió: / -Llamadle, tengo un testigo. / Llamadle otra vez, señor. / -Tengo un testigo a quien nunca / faltó verdad ni razón / -¿Quién? / -Un hombre que de lejos / nuestras palabras oyó, / mirándonos desde arriba. / -¿Estaba en algún balcón? / -No, que estaba en un suplicio / donde ha tiempo que expiró. / -¿Luego es muerto? / -No, que vive. / -Estáis loca, ¡vive Dios! / ¿Quién fue? / -El Cristo de la Vega / a cuya faz perjuró.
Díez de Revenga leyó con el distanciamiento adecuado el fragmento, integrando con ironía el sentido trágico del texto, pero contextualizándolo con la mirada actual, ciertamente teñida de leve descreimiento de las fatalidades románticas.
Terminemos el comentario trasladando a esta crónica, el final de la leyenda. Tras la toma de juramento, los dos amantes abandonan el siglo, y se retiran al yermo, a dedicar su vida a la oración y a la penitencia. Vale
Comentario:
Una de mis leyendas favoritas, tan bellamente recordada, y con el aderezo del cuadro que yo desconocía y me ha gustado ver.Nadie supo plasmar una leyenda como los románticos, tal vez deberían ser recordados más frecuentemente, como hace este artículo tuyo.Lo he disfrutado.





