Dentro de las acuarelas de Díaz Bautista

Acudo, no sin algo de nostalgia, ya diré por qué, a La Cámara de Comercio de Murcia, y contemplo las acuarelas de Antonio Díaz Bautista. Insiste el pintor en el tema murciano, que domina, y siguiendo a notorios maestros, aborda el tema floral con referencias iconográficas clásicas, estéticas. Nazarenos, paisajes de huerta o de tejados de casco antiguo de pueblo, y balcones. Luminosos balcones murcianos, surestinos, mirados desde la calle, como los veíamos antaño, con sus persianas y sus macetas, centrando la estampa, y dejando, a la vista que lo saborea, toda una lección de buen hacer y de maestría conseguida. Tema humilde para gran técnica.
La Cámara de Comercio era, en mis tiempos de escolar, Colegio de Monjas: Santa Luisa de Marillac, francesa. Allí aprendí a leer, lo poco que me quedaba por aprender a leer, y allí, en la capilla, que hoy es zaguán de la Cámara, hice mi Primera Comunión. Por eso era algo más que entrar a ver la exposición del amigo. Y son esos paisajes de antes, y los balcones, hoy desplazados por las ventanas con doble cristal y las terrazas, siempre vacías, cuando no ganadas para el piso, los que aumentan la sensación de vuelta atrás que me posee desde que entro en el recinto. Yo también tuve infancia con balcón. Desde él contemplaba todo el arco del sol, desde las cumbres de Miravete, hacia Alicante, hasta la mole de Sierra Espuña, encimada, desde mi perspectiva, al Malecón murciano, antaño protector de riadas, y paseo, tiempo ha ya, para urbanitas de civilización hastiados. Rememoro mis codos infantiles, protegidos por el jersey de facturación casera, apoyados en la férrea baranda, y mis pies, encimados en la baja travesera que alineaba las barras.
Los temas de Díaz Bautista buscan la crónica, antes que el remedo de la actualidad. Hay toda una teoría del tiempo ido, proustianamente emparentada con las acuarelas del Profesor Universitario. Y todo ellos, juntamente, me transportan a ese tiempo sin tiempo que es la contemplación a solas del buen arte.
Me paro especialmente ante los homenajes. Díaz Bautista idea una serie de rosas o claveles, en lírico vaso, delante de unas láminas ennoblecidas por la pátina del desenfoque visual, en sepia, que van desde figuraciones ideadas por el Tiziano, hasta iconos murcianos como La Virgen de la Fuensanta o el Santuario, pasando por algunas vistas de la inigualable ciudad italiana de Lucca. Viajo con las acuarelas, acaso la poesía de la pintura, desde mi infancia hasta el preciso día en que allí estoy, y tomo conciencia de mí mismo ante continente y contenido de lo que veo. Viajo con el pintor, de insólita manera, cual nuevo Diablo Cojuelo, a Roma, a Cehegín, a Lucca…, y extraigo, para mí, la memoria misma de sus perfiles y colores. Invisible, me veo, sin estar, en el interior de sus pictóricos encuadres Vale.
Comentario:
Un texto entrañable, si al autor no le parece mal, lo reproduzco y enlazo en http://www.diaz-bautista.com/pinturas
Un abrazo
Un abrazo
Comentario:
Qué taumatúrgico poder tienen estos renglones, que vuelvo yo también a aquella Murcia tan entrañable en que se dio la obra de pintores como Díaz bautista o como mi primo Antonio Hidalgo de Cisneros que, por cierto, trabajaba en la Cámara de Comercio.
Comentario:
Simplemente un texto precioso, lleno de nostalgia y elegancia, te felicito.
Alvaro
Alvaro
Comentario:
Simplemente un texto precioso, lleno de nostalgia y elegancia, te felicito.
Alvaro
Alvaro





