LLueve en la Calle Aístor
Vuelvo del trabajo por la Calle Aístor, así, pronunciada con hiato, no con diptongo, que es como dos vocales divorciadas, y obligadas a ser pareja de hecho. Y llueve. Es calle corta, como la que cantara Jorge Guillén de la Aurora con su arco al fondo, por donde antaño veíase la huerta, y hoy no. La Calle Aístor, como yo la pronuncio es cordón umbilical o túnel entre culturas. Sale de la Plaza Mayor, europea, castellana imperfecta, como todo lo murciano, que es castellano imperfecto, sin quererlo. La Calle Aístor va hacia el norte, más o menos, buscando el Polo Magnético, más que el geográfico, como sabiendo qué es lo que vale, más allá de lo perfecto.
Ha habido tormenta durante la hora de la siesta. Los rayos y los truenos se ve que habían comido a hora europea, cosa del mediodía, como los franceses y los portugueses, éstos sólo por hacer la contra a los castellanos, a pesar de tener su mismo horario de sol. Comieron al midi, y claro, a las 4 y a las 5, les tocaba rayear y tormentear al personal de esta Castilla Imperfecta que es Murcia. Andalucía fue, aunque no se llamara nunca así, Castilla la Novísima, después de aquella Castilla la Nueva, que decíamos, imperfectamente, en la Escuela de los cincuenta. Murcia, dos, Murica y Albacete, y era otra mentira, o verdad fugaz, que es casi lo mismo, pero no. Tronó y llovió copioso, pero, ahora, a la hora de volver a casa, cae una fina lluvia, como del norte, sobre la Calle Aístor.
En Chile hay un señor que sale por Internet, y se llama Aístor. ¿Será un nombre propio? Acaso fue un primigenio Aítor, vasco enrolado en la hueste de Alfonso X, cuando Infante, o de Jaime I el Conquistador, al que cupo en suerte la casa y la calle, el adarve de los musulmanes expulsados, y que, luego, por una hipercorrección del pueblo, devino Aístor, así, con una ese en medio, que enfiniza mucho para el personal murciano, que perdió la gracia de las eses finales de sílaba o de palabra. La ese es un parámetro de calidad para el murciano. El murciano, en su imperfección, descree mucho y se avergüenza de su habla, y eso no hay quien lo pare ni lo remedie. Por eso, lo que hay que hacer es tener los dos registros, el castellano imperfecto, o murciano, y el castellano eterno, en cuyos dominios no hay Calles Aístor, ni nada parecido.
En la Calle Aístor hay una buganvilla, que desborda una tapia de patio particular, seguramente arrumbado. Una puerta de sobrios casetones guarda del transeúnte el patio de la buganvilla, impidiendo ver su tronco, al que se adivina múltiple. Dos siglos miran la calle desde esos casetones, y la vieron con albero por tierra, y, más tarde, ya calzada, venir la piedra y el asfalto a tapar el rostro del padre suelo. Más allá o más acá, el Callejón Brujera, que hace referencia a aguas afloradas -o aguas brujas- abre la calle Aístor a un mundo mágico, intermedio entre los cristianos viejos de la Plaza Mayor y más allá, y los cristianos nuevos de la Arrixaca, como un respiro pagano entre dos monoteísmos.
Es ese misterio, que, ahora, cuando ya ha caído la tarde, y llueve como de mentira en Murcia, despunta como jamás sobre el yermo de la imaginación mía, volviendo a casa.
Vale.
Ha habido tormenta durante la hora de la siesta. Los rayos y los truenos se ve que habían comido a hora europea, cosa del mediodía, como los franceses y los portugueses, éstos sólo por hacer la contra a los castellanos, a pesar de tener su mismo horario de sol. Comieron al midi, y claro, a las 4 y a las 5, les tocaba rayear y tormentear al personal de esta Castilla Imperfecta que es Murcia. Andalucía fue, aunque no se llamara nunca así, Castilla la Novísima, después de aquella Castilla la Nueva, que decíamos, imperfectamente, en la Escuela de los cincuenta. Murcia, dos, Murica y Albacete, y era otra mentira, o verdad fugaz, que es casi lo mismo, pero no. Tronó y llovió copioso, pero, ahora, a la hora de volver a casa, cae una fina lluvia, como del norte, sobre la Calle Aístor.
En Chile hay un señor que sale por Internet, y se llama Aístor. ¿Será un nombre propio? Acaso fue un primigenio Aítor, vasco enrolado en la hueste de Alfonso X, cuando Infante, o de Jaime I el Conquistador, al que cupo en suerte la casa y la calle, el adarve de los musulmanes expulsados, y que, luego, por una hipercorrección del pueblo, devino Aístor, así, con una ese en medio, que enfiniza mucho para el personal murciano, que perdió la gracia de las eses finales de sílaba o de palabra. La ese es un parámetro de calidad para el murciano. El murciano, en su imperfección, descree mucho y se avergüenza de su habla, y eso no hay quien lo pare ni lo remedie. Por eso, lo que hay que hacer es tener los dos registros, el castellano imperfecto, o murciano, y el castellano eterno, en cuyos dominios no hay Calles Aístor, ni nada parecido.
En la Calle Aístor hay una buganvilla, que desborda una tapia de patio particular, seguramente arrumbado. Una puerta de sobrios casetones guarda del transeúnte el patio de la buganvilla, impidiendo ver su tronco, al que se adivina múltiple. Dos siglos miran la calle desde esos casetones, y la vieron con albero por tierra, y, más tarde, ya calzada, venir la piedra y el asfalto a tapar el rostro del padre suelo. Más allá o más acá, el Callejón Brujera, que hace referencia a aguas afloradas -o aguas brujas- abre la calle Aístor a un mundo mágico, intermedio entre los cristianos viejos de la Plaza Mayor y más allá, y los cristianos nuevos de la Arrixaca, como un respiro pagano entre dos monoteísmos.
Es ese misterio, que, ahora, cuando ya ha caído la tarde, y llueve como de mentira en Murcia, despunta como jamás sobre el yermo de la imaginación mía, volviendo a casa.
Vale.
Comentario:
Quiero comprar dos juegos de cartas del "Tarot Murciano" ¿como puedo hacerlo?
Mi tfno:649552857
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