Versos en ordenador
De vez en cuando, al columnista se le permite hablar de sí mismo. Hay que hacer lírica a veces, ya digo; no todo va a ser épica de costumbres, política o cosa cultural. También el columnista tiene su corazoncito. Bueno, pues les digo mi novedad personal en esto de la Literatura, o de la literatura, con minúscula. Ya fabrico mis versos directamente a ordenador. La cosa, dicha así parece que no tiene categoría, que no pasa de anécdota, personal por demás. Pero sí la tiene. Yo fui renuente a esto de la Informática, luengos años ha: empezando los ochenta para ser más exactos. Ya he perpetrado basura tecnológica que les decía hace poco. Al principio, di en trasvasar los modos y maneras de la antigua tecnología, mecánica, no electrónica, de la máquina de escribir. Mi primera máquina de escribir era de mi abuelo, teniente del ejército. Con ella se alistó a voluntarios para la Guerra de Cuba. Ahora la tiene mi hermana como reclamo ornamental en un rincón noble de su casa. Bueno, pues, cuando la máquina de escribir -la mía fue una olivetti azul- yo manuscribía todo lo mío, novelas incluidas. Luego, lo pasaba a máquina. Un tormento doble. O triple o cuadrúple, pues había que corregir, intercalar, etc. Todas esas operaciones eran manuales, con pegamento y tijeras incluidos.
Llegó el ordenador –ya no lo escribo con mayúscula inicial- y pensé que era lo mismo. Craso error. No era lo mismo, era otra galaxía. Las labores de borrado, intercalado, etc… iban incorporadas en el procesador de texto. Pero yo seguí manuscribiendo primero. Y elaboré toda un bella teoría noble sobre la letra personal, y el pulso del corazón, que llega a la muñeca, que gobierna a los dedos, que sólo aprietan el cálamo. El latido personal llegaba así, con la manuscripción, a la letra en folio. Era un nacimiento legítimo. Escribir directamente era bastardo. La máquina se interponía entre la creación y el folio. Boqueadas postreras de un romanticismo acabado. Pero mi concepción del mundo se resistió heroicamente a la novedad. Comencé por abandonar las torretas defensivas del castillo. Acepté que la prosa bien podía sufrir la intermediación del artefacto. La prosa se hace con el cerebro, y no otra cosa sino un cerebro ideó el ordenador.
Pero quedaba la poesía, perdón, el verso. Se nace poeta, y hay poeta si el poeta nacido tal, se hace. Pero yo no nací poeta. Mas otra cosa es escribir versos, actividad para la que hay amparo constitucional. Así ha sido hasta hace bien poco. Ah, los folios con tachones de versos, luego aprovechados, al ser mezclados con soluciones asimismo desechadas; los dibujos imprevistos, casi mecánicos, que eran testigos de lo que iba saliendo sobre la blancura del folio; las líneas bajo las sílabas, encargadas de medir, en caso de necesitarse Métrica… Todo ello se ha perdido. Ahora, a no sé qué galaxia de lo virtual habrán ido yendo a parar todas las exclusiones efectuadas, todas las soluciones desechadas, luego de salir de mi memoria. Al final, la pantalla queda con el poema final, como si hubiera nacido así, limpio, definitivo y, como dijo el Dante, puro e disposto per uscire alle stelle. Vale.
Llegó el ordenador –ya no lo escribo con mayúscula inicial- y pensé que era lo mismo. Craso error. No era lo mismo, era otra galaxía. Las labores de borrado, intercalado, etc… iban incorporadas en el procesador de texto. Pero yo seguí manuscribiendo primero. Y elaboré toda un bella teoría noble sobre la letra personal, y el pulso del corazón, que llega a la muñeca, que gobierna a los dedos, que sólo aprietan el cálamo. El latido personal llegaba así, con la manuscripción, a la letra en folio. Era un nacimiento legítimo. Escribir directamente era bastardo. La máquina se interponía entre la creación y el folio. Boqueadas postreras de un romanticismo acabado. Pero mi concepción del mundo se resistió heroicamente a la novedad. Comencé por abandonar las torretas defensivas del castillo. Acepté que la prosa bien podía sufrir la intermediación del artefacto. La prosa se hace con el cerebro, y no otra cosa sino un cerebro ideó el ordenador.
Pero quedaba la poesía, perdón, el verso. Se nace poeta, y hay poeta si el poeta nacido tal, se hace. Pero yo no nací poeta. Mas otra cosa es escribir versos, actividad para la que hay amparo constitucional. Así ha sido hasta hace bien poco. Ah, los folios con tachones de versos, luego aprovechados, al ser mezclados con soluciones asimismo desechadas; los dibujos imprevistos, casi mecánicos, que eran testigos de lo que iba saliendo sobre la blancura del folio; las líneas bajo las sílabas, encargadas de medir, en caso de necesitarse Métrica… Todo ello se ha perdido. Ahora, a no sé qué galaxia de lo virtual habrán ido yendo a parar todas las exclusiones efectuadas, todas las soluciones desechadas, luego de salir de mi memoria. Al final, la pantalla queda con el poema final, como si hubiera nacido así, limpio, definitivo y, como dijo el Dante, puro e disposto per uscire alle stelle. Vale.
Comentario:
Pues no se si "Vale", pero lo cierto es que "cuesta" aceptarlo. Sí, cuesta aceptar que la página gestada en la pantalla informática, como si de un palimpsesto moderno se tratara (menuda expresión esa de palimpsesto), aparece limpia, sin tacha ni repinte; se luce con la inocencia y la soberbia de la más desnuda perfección. ¿Dónde quedaron los tropiezos, los arrepentimientos, los tanteos, las dobles y triples versiones, los tartajeos, los bocetos y las anotaciones? La limpieza de la página ayuda al disfrute de la poesía medida, pulida y refinada; pero no por ello deja de sorprender al poeta que, haciéndose eco de las palabras de Leonardo, reflexiona sobre el hecho de que la poesía "è una pittura cieca". Sí, amigo Santiago, creo que has acertado con tu impresión: la magia del ordenador pone al desnudo la perfección poética, pero, a cambio, destruye el camino que se hace al andar, niega las huellas del oficio y del trabajo artesano. No cabe duda de que en el enfrentamiento entre la ejecución tradicional y la contemporánea gana esta última, porque movida por la eficiencia pone al desnudo otra nueva poiesis nacida de la técnica.





