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"Recado de Escribir", de Santiago Delgado
Opiniones de actualidad y creaciones literarias
Acerca de
Santiago Delgado es Profesor de Literatura y escritor
 
Combate de la niebla y el sol, en Cartagena

Voy el sábado a Cartagena, a una comida de trabajo, y me encuentro con una lengua de niebla que, desde el mar, amenaza con tragarse la bella ciudad portuaria. Es blanca, densa, y apenas sobrepasa los montes custodios del puerto, de cuyo ombre hago merced a la mala memoria mía de triunfar. El sol lame dulcemente los cerros y los tejados departamentales, y anuncia un día de esos de primavera del invierno a los que tanto y tanto acostumbrados estamos en esta tierra nuestra. Intrigado, me pregunto si logrará el voraz algodón aéreo de la niebla engullir a la industriosa ciudad. Hay una lucha sorda entre la hermosa perspectiva del puerto y el albo frente marino. Indudablemente, hay batalla entre las dos masas de presión atomosféricas, marina y terrestre. Los seres humanos testigos somos, luego acaso víctimas o beneficiarios del resultado de la titánica pelea.

Poco a poco, el mediodía va ganando a ambos, y tomando partido por la transparencia del aire. La nube, en principio gruesa y potente, va deshaciéndose apenas tomar contacto con la costa. No puede con el aire caliente que el sol hace ascender desde los primeros escuadramientos de los diques del muelle. Conforme avanza, álzase y difuminándose, desaparece en las alturas. Hay silencioso estrépitoso en la derrota, que nadie oye. A mí, el triunfo del día no acaba de agradarme del todo. Era simpática esa límpida blancura de la nube caída. Lejos del cielo, su casa, no supo triunfar con su aviso de sombra para la ciudad. El sol defendió a la urbe.

Comí al aire libre, cabe el mismo puerto, con el solecillo trinfante calentándome el cogotillo. Y, mirando de vez en cuando, furtivo pero concienciado, hacia los montes guardianes antedichos, certificando iba la victoria del astro rey. Me dio pena la nube, ascendida como invisible vapor de agua desde la explanada del puerto, hacia las alturas. Como un ejército en huida, vencido y desarmado, se elevaba hacia las campas celestes del vacío, aguardando un reagrupamiento con los ejércitos de las bajas presiones, para volver a atacar a la plaza, defendida ahora, con éxito, por el sol.

La nube traía la renovación, como aquellos bárbaros de Kavafis, acampados a las afueras de la civilizada ciudad. Para consternación del ego transmutado del poeta, en el poema los bárbaros levantan el campamento un día. Y comienzan a irse a sus lueñes tierras. El poeta, avisado por la sabiduría histórica que atesora, deviene consternado. ¿Quién nos vivificará ahora, que se han ido los bárbaros? ¿Qué será de nosotros? Lo mismo pensaba yo, respecto de la ciuda con sol… y con sequía. ¿Quién nos traerá el agua de la vida, como lluvia para las calles, como riego para el campo? Y, acostumbrado al tiempo de sol, continué con el ágape, contribuyendo a los específicos pormenores literarios que hasta la milenaria ciudad de mar y de sol me habían traído. Vale.
 
Comentario:
La meteorología hecha reflexión filosófica y hasta poética.Y al final, su chispa de estoícismo.La vida sigue bajo la niebla y bajo el sol.
No