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"Recado de Escribir", de Santiago Delgado
Opiniones de actualidad y creaciones literarias
Acerca de
Santiago Delgado es Profesor de Literatura y escritor
 
Balada de la princesa triste

Si yo fuera Rubén Darío, habría escrito la Sonatina para Érika Ortiz. Bella y triste hermana de princesa, pero no princesa ella misma. Aunque ella sí era Princesa de su propia Belleza Triste, de mirada perdida y esbelta elegancia. Sus ojos emanaban esa dulzura que apenas se conforma con no compartir el amor que la excede, como el bizcocho que derrama su sobrante por encima del molde que le pusieron, un excedente cremoso y dulce.
La princesa está triste... ¿Qué tendrá la princesa? Si yo fuera Rubén Darío, oh, sí, yo lo sabría, sabría lo que tiene la princesa, pues saben los poetas leer el pensamiento de las princesas, y hubiera acudido a ella con un verso de poeta cortesano, una Corte donde áulico trovador yo fuera, y a mi cargo tuviera componer baladas para encantar a las princesa tristes.
Ella tenía su secreto de soledad, como todas las princesas. Porque ella era princesa de su Belleza Triste, que ya dijimos. Los suspiros se escapan de su boca de fresa, decía Darío de otra princesa, pero que a lo mejor, no era otra princesa, y ocurre que todas las princesas son la misma princesa. Se fue con edad de princesa, y todos la recordarán joven, con ese esbozo de sonrisa con que los medios nos trajeron la noticia de su marcha. Dicen que fue desdichada, que había perdido la risa, que había perdido el color. Tal, la foto última que todos vimos. Le faltó medicina de versos, que medicina es el buen sentimiento, escrito con emoción de poesía inspirada. Y era una princesa que inspiraba mucho a poetas, aunque ella no lo sabía. Acaso tampoco lo supo ningún poeta. Cruel es el destino, y envidioso, a veces.
La princesa está pálida en su silla de oro. Una silla invisible, pero de oro, que palidecía cuando ella sobre el dorado metal se sentaba. Como todas las princesas, ella tenía su corazón hecho también de oro. Un oro frágil, difícil de entregar sin sufrimiento, que eso tienen todos los corazones de oro. Un día se fue a dormir, y el carro de la felicidad eterna, que no es de este mundo, se la llevó al país de los elfos y las hadas, donde más gozan esa sonrisa suya que desvela aquello que la princesa tenía, y que el poeta fingía no saber en su verso diamantino.
Está mudo el teclado de su clave sonoro. Nadie tocó para ella fuga alguna ni lieder, por eso yo transcribo esta prosa, por no sé quién o qué dictada, a la Princesa Triste, como si yo fuera el poeta encargado de labrar la sonrisa en sus labios. Pero ya es tarde. Tiempo es de elegía, no de oda.
Oh, sí, si yo fuera Darío, habría compuesto la Sonatina para ella sola, y todos sabrían que ella era la aludida en aquel memorable verso último: y en un vaso olvidada se desmaya una flor. Mas, aunque no soy Darío, un día ya lejano escribí esta rima, breve como un suspiro, que ahora sé que se refería a ella, y que dice así:

Ajada flor del vaso
en agua puesta,
verdes hojas caídas
de la violeta,
breve pétalo azul
de cara yerta...

¡No os pese vuestra imagen
transida y seca!

Que para mí, ahora
que estáis desechas...
por haber conocido
qué fue belleza,
estáis ahora... ¡no antes!
mucho más bellas.

Vale.
 
Comentario:
"Medicina de versos": precioso fármaco es la literatura...

Abrazos, desde el otro lado del "río".
No