Requiem por la palabra bardiza

Voy a un Colegio Público, en medio de la Huerta de Murcia, encomedio mesmo, y compruebo, sin haberlo premeditado, que ninguno de los chicos sabe qué cosa es una bardiza. No me sorprendo, pero tomo nota del dato. Las cañas hace tiempo que han dejado de ser útiles. Todo se compra nuevo, fabricado, elaborado. Ya no hay que aprovechar lo que la naturaleza ofrece gratis. Toda necesidad se comercializa. Claro que sí. Cómo iba a ser de otra manera. Las antiguas vallas o encañizados son ya, o son desde hace mucho tiempo, síntomas de otra época. Además, quién sabe hacer los nudos y el trenzado precisos. Quién conoce el tiempo propicio para recoger las cañas, y por dónde se cortan. Cómo se parten, según para qué longitudinalmente o no. Es un detalle más de lo que el Profesor Flores Arroyuelo denominó el ocaso de la vida tradicional. Todo es nuevo, y tiene factura con IVA, o despachado con dinero negro.
Recuerdo un dicho de un amigo viejo, y viejo amigo, quien, atravesando ambos, en coche, por la antigua carretera, aún bordeada de eucaliptos de sombra, desde Cartagena a Murcia, dijo al ver las alargadas fructificaciones de los algarrobos.
-Nadie recoge las garroberas… Ya no hay hambre. Las algarrobas eran el pan de los pobres.
Supongo que algún tiempo antes de desaparecer del todo, las bardizas pasaron a ser "las verjas de los pobres". Y, un poco después, murieron. El caso es que ya no hay bardizas, hay eso, verjas de alambre y postecillos metálicos, perfectas, medidas y sometidas a norma industrial europea. También murieron las barracas. Y todo un mundo que no resistió al asalto de la globalización. Acaso siempre ocurrió lo mismo. ¿Siempre ha estado muriendo un tiempo y surgiendo otro? Es muy posible. Lo que no es tan posible es que lo hiciera con la velocidad con que lo hace hoy. Cuando todos los niños sabían qué era una bardiza, y alguno de ellos estuviera aprendiendo a colaborar en alguna parte del proceso, no había tantas escuelas, ni tantos niños en las escuelas, muchos de ellos inmigrantes. Los pocos maestros que había estaban mal pagados, si pagados, y usaban los castigos corporales, aplicados con la temible palmeta. Otra palabra que desconocerán.
No sentí pena por la pérdida. Sí, mucho respeto. Las palabras mueren, con su edad cumplida, y hay que hacerles las debidas exequias. Es ley de vida. Las palabras son seres vivos, que descienden de una familia, y generan otras palabras. Por lo menos algunas de ellas. Otras, no. Como los humanos. Quizás debiera haber un registro de palabras muertas, como lo hay de las palabras recién nacidas, que lo hace la Real Academia. Si la docta institución tiene unos servicios de alerta para detectar la definitiva implantación de algunas palabras, ¿por qué no usar ese mismo equipo para decidir pasar a la palabras al honroso panteón de los arcaísmos? Bardiza, descanse en paz. Vale.
Comentario:
El réquiem - hecho con vívidas palabras -, es un elogio a nuestra “necesidad” de significación. Condena y salvación. Que no "descansemos", ¿vale?
Comentario:
No recuerdo cómo se titulaba una película futurista que vi hace tiempo, pero el caso es que en ella se pintaba un mundo en que la palabra había desaparecido y el ser humano se comunicaba por otros medios distintos al verbo. Naturalmente, había devenido menos humano o de una humanidad devaluada y casi primitiva en el aspecto de las relaciones interpersonales que no se refirieran al utilitarismo puro y duro.
Pues bien, esos seres robotizados, que me resisto a llamar personas en toda regla, hallan un trozo de papel - reliquia arqueológica para ellos- en que puede leerse "plástico, guay" y deciden hacer de esas dos palabras, desconocidas una especie de "mantra" que los aproxime a la esencia del arcano que necesitan, pues el humano no puede vivir en ausencia de un misterio que lo trascienda.
"¡Plástico guay!". Me pregunto si llegara el día en que esa, u otra similar, sea la única expresión que quede, una vez muertas, una a una, todas las hermosas palabras.
Triste mundo sin palabras.
Pues bien, esos seres robotizados, que me resisto a llamar personas en toda regla, hallan un trozo de papel - reliquia arqueológica para ellos- en que puede leerse "plástico, guay" y deciden hacer de esas dos palabras, desconocidas una especie de "mantra" que los aproxime a la esencia del arcano que necesitan, pues el humano no puede vivir en ausencia de un misterio que lo trascienda.
"¡Plástico guay!". Me pregunto si llegara el día en que esa, u otra similar, sea la única expresión que quede, una vez muertas, una a una, todas las hermosas palabras.
Triste mundo sin palabras.





