¡A Cartagena me voy / por ver el mar y las olas!

Retomo el libro de Pepa Díez de Revenga, Cancionero Popular Murciano Antiguo, para recordar coplas de agravios entre los pueblos de la Región de Murcia, el tema que me ocupa ahora, y casi llegando al final, encuentro esta copla, que yo sabía desde siempre, aunque fuera la primera vez que la veía escrita:
A Cartagena me voy
por ver el mar y las olas,
y los barquitos del rey
con banderas españolas.
Y me gusta, me gusta hasta el punto de querer más de lo mismo. Pero no lo hay. El anónimo autor popular lo dejó así. Así, pienso, debe de estar bien; pero, ya digo, a mí no me basta. Quiero más. Incluso le pongo música. Para quien ha cantado romances, y aun los canta por esos colegios de Dios, no es difícil. Más si es admirador de Joaquín Díaz, el antropólogo más auténtico de Castilla, recopilador de músicas y romances por toda España. Muy pronto, surge, imparable, la continuación:
Que no me basta de oír
el mar en las caracolas.
Y pienso entonces en quién puede querer ir a Cartagena, y por qué, en aquellos tiempos en que gustar de ver banderitas españolas era aún de buen tono y orgullo sano. Y encuentro entonces a una novia huertana, que va a recibir a su novio, que regresa de servir al rey contra los mambises cubanos de la primera rebelión, rozando el tercer cuarto del XIX. La ortodoxia narrativa de hoy, inducida por el Verdadero Pensamiento Único, impondría el regreso de un féretro de madera barata, o un tullido, haciendo del pueblo carne de la Historia. Pero no, el personaje se me revela feliz y exultante. Y cojo, y continúo así el romance:
Por Cartagena se fue
mi novio que me enamora.
Me dicen que vuelve hoy
con uniforme y pistola.
Soldadito se me fue
quedéme novia sin boda.
Por carta que me llegó,
por el correo de tropa,
sé que desembarca hoy
con la licencia y pernocta.
No lo mataron mambises,
ni fiebres que allí se toman.
Con él yo me casaré
en la Ermita de la Ñora.
¡Que viva España y el rey
y tenga la patria gloria!
¡Que a Cartagena dé Dios
prosperidad y mucha honra!
¡Y suenen campanas ya,
que viva el novio y la novia!
A Cartagena me voy
por ver el mar y las olas.
y los barquitos del rey
con banderas españolas.
Que ya no me basta de oír
el mar en las caracolas.
La musiquilla, casi de jota, mezclada con chipirrines, me persigue estos días, como la del Paquito Chocolatero que alguien cerca de mí, puso en su móvil. Y me da una alegría sana, de contento sumo. Y escucho la sirena del barco entrando por el Faro de Navidad, y las campanas de boda en la Huerta. Y a un soldado de rayadillo, brincando por la pasarela para abrazar a su novia. Y a la gente gritar alborozada en el puerto. Y el sol de España sobre todos. Vale.
Comentario:
Nostálgica alegría para los que somos enamorados del Romancero, esa forma española de hablar en verso corto tan natural antes como olvidada hoy en día.
El mar de Cartagena como telón de fondo de una historia de esperanza y amor recuperado.
El libro de Pepa Díez de Revenga nos habla de todas estas cosas. Y tú también, en el tuyo, recientemente presentado, y en este blog.
Una satisfacción nada despreciable para los que unimos el cariño por el verso y por la región murciana, vista aquí bajo la luz mediterránea de Cartagena.
El mar de Cartagena como telón de fondo de una historia de esperanza y amor recuperado.
El libro de Pepa Díez de Revenga nos habla de todas estas cosas. Y tú también, en el tuyo, recientemente presentado, y en este blog.
Una satisfacción nada despreciable para los que unimos el cariño por el verso y por la región murciana, vista aquí bajo la luz mediterránea de Cartagena.





