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"Recado de Escribir", de Santiago Delgado
Opiniones de actualidad y creaciones literarias
Acerca de
Santiago Delgado es Profesor de Literatura y escritor
 
La escena de las cruces, de Fausto, en el Mubam

Y cumplió su fin el ciclo La Narratividad en el Mubam, que tuve el honor de proponer y dirigir a la Dirección General de Cultura de esta Región. Le tocó cerrar al musicólogo y pintor Antonio Díaz Bautista, Catedrático de Derecho Romano en la Universidad de Murcia. Habló primero el profesor de la cuestión de la venta del alma al diablo, cuestión central en la obra de Goethe. Nos aclaró el ponente que, desde el punto de vista jurídico, no es posible tal venta, pues en la Teología cristiana, clarísimo está que el alma no es nuestra: es de Dios. Ya lo dejó sancionado debidamente nuestro Calderón: Al Rey, la hacienda y la vida se han de dar, pero el honor es patrimonio del alma y el alma sólo es de Dios. Por tanto, el mito tiene bases no creíbles. Mucho más, en el caso de la mujer, cuando nada era suyo, y para todo tenía que pedir permiso al varón, padre o esposo.

El Doctor Fausto tuvo correlato verídico, en pleno siglo XVI, en Alemania. Fue un alquimista, que desapareció tras una explosión en su laboratorio. Su fama fue ésa. Había pactado con el diablo. Devino noche de aclaraciones. La versión que ha prosperado, pues la obra de Goethe sólo es legible para especialistas, es la del autor romántico Gunod. El cual simplifica las ansias del Doctor Fausto, hasta reducirlas a las amatorias, a su deseo carnal con Margarita. Pero no fue así. El desasosiego del avernal pactista estriba en la desilusión del Racionalismo, comenzado como Humanismo en el Renacimiento y terminado como Ilustración en el Neoclasicismo, no consiguiendo llegar conclusiones tan rotundas y cerradas como las de la Religión y la Teología. Era una frustración intelectual. No carnal. En la mente de Goethe, la pasión concupiscente acaece luego, cuando ya el sabio ha firmado con Mefistófeles la entrega de su alma.

No obstante, el Romanticismo desechó esta solución, y atajó para llegar al deseo libidinoso como motor único de la trama. Y así lo hizo, tanto en literatura epigonal, como en Música. Y fue, en este sentido, Gunod quien se llevó el gato al agua. El malogrado pintor murciano Martínez Pozo asistió, acaso en el París de La Comuna, a una representación de la Opera. Fruto de tal contemplación fue el boceto de la escena de las Cruces, donde los clientes de una taberna de Staufen, pueblo cercano a Friburgo, al reconocer al diablo, que ha hecho brotar vino para todos, lo expulsan utilizando la cruz de la empuñadura de sus espadas para ahuyentarlo. Para Díaz Bautista se trata de un boceto, lo que colige por el amontonamiento de personas en tan poco espacio. Nos invitó a subir a la segunda planta donde un espléndido retrato de Margarita, la deseada amante de Fausto, del mismo pintor, nos habla de un magnífico retratista. Vale.

 
Comentario:
Agradezco profundamente al Catedrático Díaz Bautista su aclaración jurídica sobre la imposibilidad de vender el alma al Diablo, de la cual me entero gracias a este Blog.Así, incluso si en un rapto de locura se me pasara la idea por la cabeza, no podría ceder a la tentación.
Además, como soy mujer casada, tendría que pedirle permiso a mi marido, por lo que la aclaración del profesor Díaz Bautista me quita un peso de encima, y no pequeño, pues no es cuestión baladí la que aquí se ventila: mira que si le pido permiso a mi marido, resulta que me lo concede ¡No quiero pensarlo! ¡Menos mal que el Mal -valga la redundancia- no puede aceptar mi oferta.
¡No me compra ni el Diablo!
De vez en cuando, hay que echarle un poco de humor a estos temas del Romanticismo ¿no?
No