Monólogo de Isidoro Máiquez (Exposición de Salzillo)

Cuando Salzillo murió, yo tenía 14 años. Salzillo era un barroco, yo fui un neoclásico. Mal se paga mi orgullo de divo del escenario, haciendo de entremés de este imaginero murciano. Mi vida fue Napoleón, y Beethoven… Pero sobre todo, fui hombre de teatro. Mi tiempo no fue el de Salzillo. Nuestras vidas apenas se cruzaron. Fueron divergentes, antiparalelas. La curva de Salzillo buscaba a la realidad como retorcimiento. Yo la busqué en la rectitud de la prosodia, y en el decoro del escenario. Salzillo no salió de su ciudad. Yo acudí a París, para estudiar a Talma, mi Maestro. El murciano se quedó, mejorándolos, en su padre, en Dupar, el marsellés, y en el enigmático de Bussy, gentes, en realidad, del XVII. No puedo negar que me siento incómodo en este homenaje a este imaginero, piadoso y provinciano, aunque genial. Yo soy el mar de Cartagena. Salzillo es la huerta murciana.
Mi arte no estuvo ligado a territorio alguno. Los actores somos universales o no somos. Salzillo intensificó la piedad popular en sus imágenes. Aunque, eso sí, dignificó su arte, al lograr un estilo propio, vitalista, a sus esculturas en madera. Yo, en cambio, revolucioné el arte que me fue dado. Eliminé la incivilidad barroca de los escenarios. Obligué a la gente a respetar el trabajo del actor. Y obligué a éste a estudiar declamación, y a respirar bien, y a entonar. Desterré a los vendedores ambulantes, y senté a los espectadores. Puse las bases del arte del actor. Todos cuantos actores en español me siguen me deben el respeto y la admiración que el público les depare.
En este retrato de Ribelles aún estoy joven. Prefiero el de Goya, mi amigo. Más creativo, difuminado, impresionista… Goya fue, como yo, un revolucionario de su arte. Salzillo sólo fue cúspide del suyo.
Más quéjome en vano. El destino es harto caprichoso, y a otros otorgó sus favores. A otros. Si Velázquez obligó a todo un rey a respetar su arte como cosa mentale, yo domeñé a todo un pueblo, que es más que un rey, a respetar al actor y a su arte de representar. Don Diego logró desterrar la idea de que ocuparse en la pintura era trabajar con las manos, cual menestrales. Yo desbaraté la creencia de que ser actor era cosa despreciable, creencia muy española.
Nada tengo contra Salzillo. Vivió cuerdo, piadoso y sabio toda su vida. Yo acabé mi vida loco, en Granada. Acaso los personajes que representé se apoderaron de mi alma, y la desterraron de mi cuerpo. Quién sabe. Viví 52 años. Junto a Talma y Kemble fui el mejor actor de mi época. No es poco. Pero mi arte es efímero. Sólo se puede ver una vez una interpretación, que es única. Las imágenes de Francisco Salzillo son las mismas siempre. Yo intenté ser universal, Salzillo logró ser intemporal. Por eso estoy en su exposición. No él en la mía.
Vale.
Comentario:
Me ha encantado oír esa voz profunda de Isidoro. Estás en tu salsa.
Un beso
Un beso
Comentario:
Abundo en lo que sugiere Lola Gracia: buen comienzo para una novela, buen tema y muy nuestro, a la par que sin cultivar por escritor alguno. Ser murciano es poco interesante para algunos.Pero MUrcia, como cualquier punto del planeta, puede ser para algunos-que no han sentido la necesidad de alejarse de ella o la tentación de negarla-,el centro del Universo. Salzillo no quiso dejar su Murcia. Bien por Salzillo. En Murcia- nada más y nada menos tampoco- consiguió ser genial.Bien por tí, Santiago, que nos lo has recordado.
Comentario:
Otro monólogo de Isidoro Máiquez: “Hay verdades que difícilmente se someten al halago, aunque éste sea desinteresado y fruto de la buena fe. Fui artesano de la escena, actor infatigable, inigualable decían mis contemporáneos, hombre firme y de impulso notorio, reformador, protector y, por conciencia, liberal; hombre del siglo XVIII, acaballado en el XIX, y marcado en finitud por la magia de los años veinte, que, como en Leonardo o en Rafael, determinaron mi adiós definitivo a este mundo confuso y embrutecido las más de las veces. Protegido por la Duquesa de Osuna, habitual y suelto en su ambiente, tuve la suerte de conocer a Goya y Lucientes, lo que se tradujo en un retrato de suelta pincelada legado a la posterioridad. Luché contra la maniera, reprobé cualquier tipo de afectación y, al margen de triunfos y polémicas, mi carácter melancólico encontró cobijo en la tragedia. Si luché contra la mofa, la inquina, la incomprensión, la calumnia, la fastuosidad y la rutina, si aquilaté mi humilde valía en sana oposición a la del maestro de la Comédie Française, si asumí el destierro perdiéndome en los brazos de la enajenación, cómo puedo ahora reclamar los oropeles de la fama, la reconquista del aplauso encanallado. De mi empeño tuve ya el premio y en la gratitud a quienes me recuerdan está mi reconocimiento de bien nacido, pero quizá esté en lo difuso de mi gloria, en la mera referencia, la semilla insistente y revitalizada de mi empresa más auténtica. Fue Salzillo sensible coetáneo, italiano en lo murciano, piadoso, noble, sereno y equilibrado, autor contrario a los planteamientos que motivaron todo mi componer y celebrar, pero fue suya la destreza de ajustar el tiro a lo más alto, descubriendo y perfilando, en tallas de dulces contornos y de mórbida belleza, trasuntos de piedad suprema, emociones grabadas en la memoria popular. Que decir tuvo Juan Ramón, aquel Jiménez inmortalizado por su verso limpio y de cristal, que a su madre regaló una fotografía de la Dolorosa y para él dejó una imagen del Ángel guardada junto a otras de paisajes murcianos. Vaya mi reconocimiento al grande Salzillo, al que lo fue asentado en su terruño, al que por negarse a la corte se negó a su vez a los amparos, sinecuras y prebendas. Vaya al César lo que es del César, y quede yo aquí como honrado innovador de la escena, que fortuna en vida no me faltó y de fama voy sobrado en vuestro entendimiento y recuerdo. Hoy, más certero en opinión, proclamo eminencia al eminente, memoria a lo memorable, y para el que fue mi encargo escénico, objetivo respeto. A la persona, a aquel que fui, al que Isidoro llamaron y como Máiquez firmó, entendimiento por su quehacer desenfrenado y una sencilla oración por su salida de escena”.
Comentario:
Podría ser el comienzo de una novela...





