Monólogo del Cardenal Belluga (Exposición de Salzillo)

-Troppo vero…
Tal dijo Inocencio X cuando le mostraron el retrato que Velázquez le hizo durante su estancia en Roma. De todos los retratos que me han hecho, lo mismo he pensado yo. Cuando yo me fui a Roma, con disgusto pues sólo quería ser Obispo de Cartagena, Salzillo era un mozuelo que no sabía que iba a ser Salzillo. Acaso si hubiera sido santo, el hijo de Nicolás me hubiera esculpido… Me habría bastado con tener un ápice de la gracia del San Juan. Pero no lo quiso mi soberbia. Una soberbia que siempre castigué, pues fue el primer pecado que nuestro padre Adán cometió. Es posible que fuera el único. Callé siempre que me vi plasmado en lienzo. Otra es la imagen que el prójimo tiene de mí, que no la propia que yo de mí mismo poseo, concluí. Con el tiempo la negra perilla que apuntaba mi rostro, tornóse cana. Me endulzó un poco el rostro, pero sólo lo vieron romanos. La diócesis me conoció guerrero y reformador, y las facciones de mi rostro se hallaban alejadas de la suave dulzura que, convencionalmente, corresponde a los varones piadosos. Por demás, fui siempre enteco de carnes, como corresponde a quien se alimenta austero, madruga y regala poco a su cuerpo. Empero, siempre tuve la secreta esperanza, por siempre hipotética, de que el inmortal Salzillo hubiese sabido dar con las claves si no de belleza, sí de ternura y sentimiento, de mi faz. No quiso el Dios del Cielo que así fuera.
Mi vida eclesiástica, dilatada fue. Motril, Zamora, Granada y Córdoba supieron de mi celo trentino y eclesiástico. Visité mi diócesis, e impuse buenas costumbres en el clero, organizando el diezmo debido. Construí iglesias y colonicé la Vega Baja, domeñando al río Segura en su tramo final. Yo modelé al hombre de mi diócesis. Mis esculturas fueron las costumbres, y las vestimentas. Atajé las veleidades modernas en los bailes y, sobre todo, muro de contención puse a las pretensiones regalistas del Borbón. Un francés que abrió dinastía porque yo pastoreaba esta diócesis. La séptima corona de la ciudad que acoge esta Exposición, no a otro la debe sino a su Capitán General, yo mismo. Pero demasiado orgullo hay en mi anterior pensamiento. Un orgullo que no impidió mi actitud, tan firme como la que mostré el día de la Batalla del Huerto de las Bombas, cuando ordené abrir las compuertas de las acequias derivadas de la Aljufía, para anegar toda la huerta lindante con la Senda de Granada. Las tropas del hereje hubieron de bordear el valle por la costera norte, sin poder acercarse a la ciudad, bastión último de la Catolicidad en el Mediterráneo de Levante. A veces he pensado que aquella ocasión fue como la de Viena ante el Turco o Lepanto, y que hubiera debido valerme para algo más que ser Cardenal, que, diciendo verdad, no fue poco.
Vale.





