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"Recado de Escribir", de Santiago Delgado
Opiniones de actualidad y creaciones literarias
Acerca de
Santiago Delgado es Profesor de Literatura y escritor
 
Monólogo de Melchor de Macanaz (Exposición de Salzillo)

Miradme bien y recordadme. Yo fui el primer Liberal de España. Y por supuesto, el primer Ilustrado también. Nací en el Reino de Murcia, cuando aún faltaban lustros, décadas incluso para que se extinguieran los Austrias. Eran aún tiempos de Don Pedro Calderón de la Barca. Vi la luz en Hellín, ribereña ciudad del mismo río que pasa por la Murcia de Belluga y de Salzillo. Allí mismo vine a morir, luego de penoso periplo por toda España, desde la fortaleza-prisión de San Antón, en La Coruña. Nonagenario era, desdentado, semiloco y casi ciego. Pero conseguí llegar a mi pueblo vivo. Allí me agasajaron, y allí escuché hablar de Salzillo por primera vez. Alababan quienes digo la hermosura de una Dolorosa de sus manos salida. Hablaban de la piedad. Única causa que a la Iglesia debería competer. Y no los caudales.
Habéis de saber que pasé la mitad de mi vida exiliado o preso. La Inquisición pudo más que yo. Aún tardaría más de un siglo en abolirse. Los liberales y los ilustrados fuimos antes regalistas. Enfrente estaban los ultramontanos. Yo fui regalista. Belluga ultramontano. Para mí, primero estaba el trono y luego, el altar.
Acaso deba esa mi impronta liberal a mis tiempos de estudiante sopón en Salamanca: sopa boba y manteo, en lugar de capa y mesa puesta. Hidalgo pobre fui. Enfrente teníamos a los estudiantes pudientes, los de brocados y espada, tocados con sombrero de plumas, y criados. Belluga fue de éstos. Desde la Cátedra de Salamanca salté al mundo de la Política, y descubrí que la patria tenía dos males: los taifas privilegiados, Valencia Aragón, Cataluña… Y la Iglesia. Mi valía, y el apoyo del Marqués de Villena, me llevaron a la Fiscalía Mayor del Reino. Colaboré con la Princesa de Los Ursinos y Orry, en la modernización de España. Mas topé con la Iglesia. La enorme cantidad de manos muertas y posesiones en manos de una inoperante Iglesia, que, encima, enviaba ingentes cantidades de numerario a Roma, ponían clara la terapia: desamortización y normalización de leyes en todo el Estado. Yo fui el primero en usar la palabra Estado. Pero la Inquisición veló más por la riqueza eclesiástica, que por su verdadero fin piadoso. Murió la Reina, quien más influía, por motivos de lecho, en el Rey, y llegó la italiana Farnesio, aleccionada por el Papa, el nada inocente Inocencio XI. Fui desterrado a Francia. Hice algunos servicios a mi patria, y cuando regresaba fui apresado por el rencor inquisitorial, y encerrado doce años.
Siempre me causó apenada risa, el, hecho de que fue la concupiscencia de un pusilánime como Felipe V, incapaz de hacerse con una amante que lo liberara de su esclavitud hacia sus esposas, lo que determinó la suerte mía y la de España entera. Llegó a España de Rey el único francés de nación no libertino. Con él satisfecho sexualmente, yo hubiera cambiado la Historia de este país. Vale.
No