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"Recado de Escribir", de Santiago Delgado
Opiniones de actualidad y creaciones literarias
Acerca de
Santiago Delgado es Profesor de Literatura y escritor
 
Monólogo de Floridablanca (Exposición de Salzillo)

Salzillo acababa de heredar el taller de su padre cuando yo vine al mundo, en la misma Murcia que el escultor. Apenas contaba con 20 años, y todavía tenía que aprender el oficio. Luego, a mis 20 años, yo marché a Madrid, con mis estudios terminados en Murcia y Orihuela. Ni a mí, en la Corte, ni a él, en Murcia, nos fue mal. Él se ocupó de tallar las imágenes para el culto popular. Y, debo decir que la dulzura de sus tallas hizo no poco por humanizar la fe, acaso algo truculenta, tan cara al estilo de la Castilla profunda. El amable clima murciano no podía abocar a otra especie de imaginería.
A fuer de sincero, he de decir que algo me incomoda verme aquí, acompañando al artista. Yo, un hombre de Estado… Gané la confianza de dos reyes. Y casi se puede decir que puse yo a un Papa: Pío VI. Y si para alguno prestigio fuere, conseguí la disolución de la Compañía. Pero, en verdad, son otros mis méritos verdaderos. Evité la amortización de los bienes eclesiásticos, e hice así que se pudiera beneficiar, más adelante, la patria de la enajenación de tanta finca, inmueble y terrenos como estaba en poder de la Iglesia desde tiempo atrás. Además, promoví el desarrollo. Tracé canales, orienté cultivos, planeé pantanos, y organicé los estudios universitarios. Y cuando Carlos III me propuso un título nobiliario, escogí el muy simple de Conde, y para la denominación, usé el de la heredad familiar en Alquerías: Floridablanca. Dejé de ser José Moñino, y pasé a ser Floridablanca. Un nombre que tanto contrasta con la negrura asignada, o autoasignada, a lo español desde hacía centurias. Y fui, además, el primer jefe que los españoles eligieron para oponerse a Napoleón.
De mis andanzas en vida recuerdo con gusto mi estancia de embajador en Roma. Ser embajador español en Roma es uno de los privilegios que mortal alguno puede vivir. Os lo aseguro. Allí debiera de haber traído alguna de las esculturas de Salzillo, Pero acompañada de él mismo. Con su talento, se hubiera emborrachado de arte. Hubiera aprendido más que en toda su vida. Y eso que me consta que vio reproducciones de escultura clásica, que supo camuflar en las pías imágenes que salieron de sus manos. No salió de Murcia nunca, creo. A Cartagena tan sólo. Su técnica salía de su piedad, más que de su aprendizaje. En Roma todo hubiera sido diferente. Habría salido otro. Y hubiera sido más reconocido internacionalmente. Un escultor rococó; un naturalista barroco español que, por napolitano, sufrió mutación hermosa.
La obra de Salzillo sigue ahí. La mía también. Yo inventé el Consejo de Ministros. Y usé el primero del título de Presidente, que no Primer Ministro o Jefe de Gobierno. Pero ello es anecdótico. Y si pudo ser calificado mi gobierno de Despotismo Ilustrado, bien puedo enorgullecerme de que fue más Ilustrado que Despotismo. Vale.
No