logotipo

img_google
"Recado de Escribir", de Santiago Delgado
Opiniones de actualidad y creaciones literarias
Acerca de
Santiago Delgado es Profesor de Literatura y escritor
 
Oyendo crujir las maderas del suelo, en la casa de Beethoven, en Viena


Poco me importa si son, o ya no son, las mismas anchas vigas que pisara el genio, cuando allí viviera, finalizando el siglo XVIII. Lo que importa es que hoy son el impacto sonoro del piso, en la Pasqualatihaus, caserón inserto en ese pequeño promontorio dieciochesco levantado frente a la vieja Universidad vienesa, donde viviera Ludwig Van Beethoven. Cada vez que mis pasos me adelantaban por las blancas y casi vacías estancias, podía escuchar yo el agrio gemido de la madera bajo mis pies. Los otros visitantes, al hacer lo mismo, colaboraban en conseguir la continuidad de las gimientes voces de una madera hecha suelo desde hace acaso trescientos años en estos días en los que del suceso escribo. Mobiliario poco, y algunos escasos retratos. La luz fría de la primavera austriaca entraba por las amplias ventanas. Las paredes, pintadas de blanco, pregonaban esa sutil soledad de la Viena de los barrios alejados del centro. Torpemente, las vigas, en pos de la pisada intensa y del material de suela preciso que diera el contacto adecuado, buscaban alguna cadencia que emulase la Obertura de Fidelio, el leit motiv del Himno a la Alegría o la llamada del destino de la Quinta Sinfonía. No lo conseguían. Al menos en mis torpes oídos de español adulto no educado en la Gran Música. Pero aspiraba a creer que tal era su intento. Y colegí, asimismo sin ningún motivo otro que mi voluntad, que están, o deben estar, ensayando para lograrlo, desde que escucharan, tiempo ha desde el teclado del compositor, los primeros tientos de notas encadenadas que allí desatara el Maestro.
Porque yo creo en la vida secreta de las cosas inertes. Y en su sensibilidad. Creer es creer, no es saber. No me pidáis pruebas de las creencias. Se piden pruebas de las certezas. Son anchas las vigas. Se hallan barnizadas, y el mismo sonido hiriente te hace caminar despacio, como se debe hacer en tan insigne mansión. El cuarto piso de la vivienda impone aislamiento, quién sabe si parejo del mismo aislamiento que sufriera el egregio sordo de Bonn. En otros lugares donde habita la Historia del Hombre, suelo tocar pilastras, capiteles o escuadramientos de canterías… Aquí, tocaba con mis oídos. Todo yo, mis cinco sentidos, era oídos del quejumbroso lamento del suelo pisado. Cada rasguño sobre las vigas era distinto, en timbre, en tono, en duración y en intensidad. Pisaban fuerte algunos, y otros con blando deslizamiento, apenas caricia de la blanda, feble goma del calzado hecho para andar la ciudad. Unos eran violines, otros violas, esotros trompetas y oboes… A veces se mezclaban, y como en esos momento de desconcierto sonoro que los profesores utilizan para afinar sus instrumentos, previamente a la llamada de atención del Director de Orquesta, creí hallarme en un magnífico Odeón, en el que eternamente estuviera por comenzar el más grandioso concierto habido jamás. Vale.
No