Domgasse, um amanecer

Amadeus se ha despertado pronto. Se acostó tarde. Hubo juegos, apuestas, damas, licores… hasta altas horas de la noche. Nevaba. Ya no había farol alguno encendido. A todos se les había acabado la cera. Constanze apenas se ha revuelto en el lecho, acostumbrada. Un alivio, su comprensión. Sabía, al acostarse, que el despejarse sería casi inmediato. Siempre era así. Cuando abrió los ojos, con la cabeza doliente, ya había luz. La quietud era intensa. Con una fuerza inusitada se yergue. Mira a su esposa. Envidia, una vez más, la paz de su sueño. Pero él sigue adelante. Se echa por encima el cobertor. Constanze durmió envuelta en su bata, acaso esperándole. Lentamente se encamina hacia el salón. La luz del amanecer se ve magnificada por la blancura de la nieve. Atraviesa la estancia, esquivando la mesa de billar, y se asoma por el amplio ventanal del primer piso, enfrentado a la estrecha calle de Domgasse, que aboca a la parva pensión donde él habitara al llegar de Salzburgo. En un instante, y hurtando su cabeza a la esclavitud del aherrojante mareo, recuerda tres años atrás…
En eso, ve salir a un joven de aquella su primera casa. Aguza la mirada y contempla cómo cierra con cuidado la puerta. ¿A dónde irá a estas horas?, se pregunta el compositor. Conforme avanza, un escalofrío va surgiendo en la desmejorada consciencia de Amadeus. El joven se parece cada vez más, y según avanza, a él mismo. Entonces, el joven madrugador se dispone a levantar el brazo. Amadeus teme ser señalado.
En eso, el corto y preciso sonido de dos bolas de billar al chocar entre sí, tortura su cerebro, ya martilleado por la euforia de anoche. Instintivamente, cierra los ojos, tratando así de conjurar el dolor. Inmediatamente, se da cuenta de que debe ser Constanze, que detrás de él, ha tomado el palo de billar y ha lanzado una bola. Distiende el gesto, y apenas logra sonreír, cuando advierte, sin volverse, el segundo choque de bolas. Constanze ha hecho carambola. Aunque le martiriza igual, esboza una sonrisa, cómplice del pequeño éxito de su mujer. Inmediatamente, nota su cuerpo en la espalda. Le gratifica enormemente el gesto de cariño. Los brazos de Constanze le rodean, y percibe su rostro apretándose contra su espalda. Sin dejar de sonreír, abre los ojos. Entonces, transmuta su rostro en espanto. El joven de la pensión que suya fuera se halla debajo mismo de su ventana. Es él, Wolfgang Amadeus Mozart, tres años más joven. Le está señalando con el dedo, admonitoriamente, con el ceño fruncido, propio de su padre. Parpadea apenas y de pronto… la calle se halla vacía de nuevo. Constanze se ha deslizado bajo su brazo, y se ha colocado delante de él. Inclinando la cabeza, requiere espacio entre el cuello y el pecho de su marido, para encontrar el cariño que anoche no tuvo. Amadeus la envuelve en la colcha y la abraza.Como en El Beso, de Gustav Klimt. Vale.
Comentario:
Vuelvo a leer el blog de Amadeus y vuelvo a sentir el impulso de comentarlo. Será por lo mucho que me ha impactado. Me ocurre que "veo" la escena, como si estuviera ante la pantalla de un cine. Y la escena me conmueve y me mueve (valga la redundancia) a romper una lanza por esta estirpe de sombras de gran hombre que han sido muchas mujeres en la historia. Y eres tú, Santiago, quien consigue pintar con tal realismo el cuadro que eliminas la indiferencia del lector. Sugieres, matizas, plasmas el detalle incorpóreo del sentimiento inefable.
Yo he percibido todo lo que has expresado y admiro esa especie de piedad por la mujer callada y tambi´n por la debilidad del genio, que al cabo no es más que un hombre, que en ella se refugia. Veo, como muchos otros lectores que así lo han expresado al hilo de otros escritos tuyos, el germen de una nueva novela. Como ellos te pregunto: ¿para cuándo el cuadro completo de este genial esbozo? Estamos deseando leer la historia completa de estos protagonistas que nos has presentado.
Yo he percibido todo lo que has expresado y admiro esa especie de piedad por la mujer callada y tambi´n por la debilidad del genio, que al cabo no es más que un hombre, que en ella se refugia. Veo, como muchos otros lectores que así lo han expresado al hilo de otros escritos tuyos, el germen de una nueva novela. Como ellos te pregunto: ¿para cuándo el cuadro completo de este genial esbozo? Estamos deseando leer la historia completa de estos protagonistas que nos has presentado.
Comentario:
¡Pobre Contanza! A mi me parece que la escena del beso, que al final describes, no muestra a una amada que recibe el apasionado y posesivo beso de su amante, rendido a la vez a su atracción, sino a una víctima que recibe el engañoso halago que pronto se transformará en hiriente desaspego, más dañino que un latigazo. Y el hombre que otorga tal beso no ofrece un homenaje, sino que busca sin saberlo una especie de justificación y, lo que es más doloroso, el permiso tácito de la víctima pra que él la siga ofendiendo. Me duele la escena que describes. Sueño oneroso. Él, desde luego, se sabía culpable.Sin embargo, ella, quizás, no se sabía víctima.





