El Beso de Klimt, como Anunciación

Parece ser que ya en la fecha de su creación, El Beso, de Gustav Klimt, tuvo ésta, o parecida, interpretación “a lo divino”. No sin cierta dosis de escándalo. Ocurrió en la Viena de 1908. Pero, aun sin saber que así fue, yo sí descubrí en El Beso, al verlo, una Anunciación. Este icono estético del siglo XX utiliza, como San Juan de la Cruz en el Cántico Espiritual, la fuerza de lo sexual, para expresar, aun sin saberlo, este momento fúlgido de la fe cristiana. Naturalmente, hay una divergencia profunda entre ambas obras: la voluntad del creador. En Juan de la Cruz hay intención mística. En Klimt no. O, lo que no es lo mismo pero lo parece: por este significante –El Beso- se puede llegar a percibir –yo lo percibí- el Misterio de la Anunciación. En la obra del santo español todo lo que no es simbología mística es subsidiario, ancilar. Ambos hechos estéticos muestran, en parte, direcciones opuestas. El Cántico quiere llegar a lo espiritual, partiendo de lo físico. En El Beso, sólo hay tema físico, pero se trasciende a lo espiritual. La metáfora es inversaz, non troppo.
El Beso reina en el Belvedere vienés de manera semejante a como la Monna Lisa señorea en el Louvre, las Meninas en El Prado o El Guernica en el Reina Sofía. Se halla encerrado en una urna de cristal, y preside la sala que lo acoge. A la izquierda del espectador se abren las ventanas del Palacio, sobre el alargado jardín neoclásico que une la colina con la Viena de la Karlsplatz aledaña. El cristal tiene una coloración morada si se le contempla lateralmente. Impresiona el manto dorado, herencia bizantina, como es sabido. El rostro femenino es de una aquiescencia exacta, formal, de hágase en mí según tu palabra. Su posición horizontal agranda esa sensación que percibe el espectador. Genuflexa, recibe la buena nueva de haber sido elegida como amada. El elemento masculino, angélico en nuestra interpretación, apenas deja ver otra cosa que su cabello, rizoso y negro. Un perfil, apenas, nos confirma su virilidad primigenia. Los negros rectangulitos de su manto, trasuntos fálicos son, verticalizadores de la figura, frente a los cromáticos, concéntricos y femíneos círculos de su amada.
Ambas figuras se yerguen sobre un manto floral, que alude a la naturaleza redimida por ese amor que la pareja vivifica. Una lluvia de oro, jupiterina, esclarece aún más la alusión fecundante del conjunto. En este entorno, el elemento viril no es sino mensajero, no protagonista. Por eso carece de rostro. Y sí lo tiene en cambio quien habla con su semblante: la besada. Todo es casto, y puro, y perfecto. Glorioso.
De cualquier manera, y sea cual sea la interpretación recibida, El Beso de Gustav Klimt ha logrado permanecer como obra moderna casi cien años justos ya. Rindámosle justo homenaje, y señalemos a su autor como genio. Vale.
Comentario:
Excelente la interpretación del cuadro que haces, Santiago. Es una de esas obras que subyugan al que las contempla.Justo es el homenaje que le rindes en estas acertadas líneas.





