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"Recado de Escribir", de Santiago Delgado
Opiniones de actualidad y creaciones literarias
Acerca de
Santiago Delgado es Profesor de Literatura y escritor
 
Molinos “Derribaos”


Vuelvo a perderme, con gozo y voluntad de pederme, por el laberinto de rutas comarcales y vías de servicio del Campo de Cartagena, y acierto a pasar cabe uno de tantos molinos derribaos del entorno. Un muro redondo, sin cerrarse del todo, alzado sobre pequeño montículo señala que allí hubo molino de viento. Alguien puso su esperanza en prosperar con el ingenio. Y, acaso, tuvo clientes y consiguiera, al menos en parte, su propósito. Luego, el abandono, más tarde el saqueo, y después la ruina. La incuria. Quizás no tuvo la gloria de ser destrozado por un rayo. O acaso sí. Y fue un molino como la torre del tarot: hendido por la jupiterina adarga. O puede ser que fuera un levante furioso el responsable de batir su fábrica de ladrillo pobre y argamasa seca, derribándola por tierra. ¿Quién sabe si la sequía de lustros, polvo hizo de los bastimentos por la tierra esparcidos? Sólo sabemos que hoy, ruina es, destrozado testigo del paso inclemente del tiempo.
Lo más seguro es que fuera molino elevador de agua de pozo. Muy pocos hubo harineros, que fueron los que más duraron. Poquísimos fueron esparteros o salineros. Todos sufrieron la tragedia de verse sustituidos por las bombas mecánicas y eléctricas. Y hoy contemplan, cómo el viento, antaño compañero y amante, bate, en las alturas de la Sierra de La Unión, las hélices de los molinos eólicos, sus nietos… Los molinos derribaos cumplen ahora la misión de ser emisarios de la nostalgia y musas de la saudade del que ha tiempo se llamara Campo Espartario de Cartagena. Casi doscientos llegó a haber. Demasiados. Aunque no tuvieran vida todos simultáneamente. Demasiados para una explotación racional de sus capacidades comerciales. Los mató el tiempo, sí, pero con la espada de la desestructuración económica, hija de la tardía Ilustración del mediodía mediterráneo.
Cierta vez, hace más de veinte años, cuando empezaban a cumplirse ya los primeros veinte años de casi todo, escribí este poema que sigue. Va en seguidillas, la estrofa que me cautivaba entonces. Sus cadencias resonaron en mis oídos de adentro cuando a la vera del molino derribao que digo, el otro día pasé. Dice, y decía así el poema:

¡Ay, molino del alma
y de tristeza,
Molinico del Campo
de Cartagena!

Molino que te yergues
entre oliveras,
algarrobos, ramblizo
y rastrojera.

Molino silencioso
de aspas quietas.
Angel del Mar Menor,
pastor de la era.

¡Ay, molino del alma,
que no te mueras
le pediré a los dioses
de primavera!

¡Ay, molino, molino,
mira qué pena,
si de ti no quedase
piedra con piedra!

Molino tan callado,
quién te recuerda
volteando aspas
de palo y tela...

El viento de Levante
que del mar suena
venía por mecerse
en tus maderas.

Hoy, que yaces dormido,
ya no se queda,
y sigue su camino
hacia la sierra.

¡Ay, molino del alma
y de tristeza,
Molinico del Campo
de Cartagena!

Vale.


 
Comentario:
De agua y aire se alimentan la memoria, la poesía y los paisajes (reales o imaginarios).

Gracias, sobre todo, por los últimos...
 
Comentario:
¿Para cuándo un recuerdo tuyo a las torres vigía de nuestra costa? Hay que romper una lanza para que se restauren y conserven. Quién mejor que tú, que amas el paisaje de nuestra tierra en su rica variedad.
Las torres vigía fueron también molinos, "molinos voceros", "molinos de alerta".
 
Comentario:
Los molinos de viento son, como tú dices, los venerables abuelos de los que ahora pueblan los altozanos. Gigantes productores de energía eólica, hubieran pasmado al mismo don Quijote de la Mancha. Pero en esa tierra manchega conservan sus viejos molinos como lo que son, vestigios de un pasado lleno de vida y dador de gloriosas muestras de ingenio. Venerables los he llamado, y lo son, estoy segura. Los de La Mancha lo han comprendido. Ojala lo comprendan también los de Cartagena, tan bella de mar y tierra, que no merece perder ni uno solo de sus aderezos paisajísticos.
Gracias por recordarlos, Santiago.
No