La Primavera
Pues es noticia que sea noticia que ha llegado la Primavera a la Región de Murcia. Nunca era noticia, porque, apenas pasado Enero, se metían los 15 ó 16 grados, y la primavera era gradual como una cuesta donde crece el orégano. Pero aqueste año no, no ha sido así. Desmintiendo a los apocalípticos del calentamiento, en todo el hemisferio norte ha hecho un frío como no recordaban los más ancianos, que salían en todos los informativos de televisión proclamándolo. Se helaron las lechugas, el bróculi y los almendros, y yo no me quité la gorra desde la Purísima. Otros años, se cuentan con los dedos los días en que me es imperativo usarla. Hizo frío, sí, e hizo mucho tiempo frío. Tal es la novedad en estas latitudes.
Pero, al fin, como decían en secreto los oráculos antiguos, la vida resucita. Ya se escuchan pájaros por las mañanitas, y se puede ir por la calle con las manos fuera. En alguna habitación solitaria algún poeta nuevo andará componiendo sus primeros versos… ¡O no…! ¿Se habrá perdido la Poesía? No me extrañaría que no. Los profesores casi no pueden impartir otra literatura que la visión festiva del texto, y Bécquer queda algo olvidado, al mezclarse la Literatura con la Lengua y reducir horarios ambas juntas. Bueno, pero a lo mejor al poema le llaman ahora letra de canción. Y vale lo mismo. Así vuelve el poema a donde nació. Entre las notas de un ritmo de siega o de herrería, o de nana; ligado a la música. No obstante, el verso libre de música de canción; es decir, ligado sólo a la música interior de su métrica, ha dado ejemplo gloriosos.
Hay una poesía primaveral y una poesía otoñal. Madrigales y elegías. La Primavera de Boticelli es un madrigal, con tanta dama floral y nemorosa, con bellos varones y vaporosos vestidos, preludio de las transparencias hodiernas. Para el otoño prefiero el soporte fotografía. Vale un honesto, y orondo, afroamericano de Harlem tocando el saxo, en blanco y negro, sentado en la escalinata de su casa del barrio, con papeles sucios por aquí y por allá, algún Packard del cincuentaytantos aparcado y… soledad. No hay más belleza en una que en otra muestra.
En la ciudad donde vivo, la Primavera son los desfiles procesionales y el azahar gloriando las plazas, esas plazas de Nápoles o Palermo extraviadas en Murcia. El fresquito de la amanecida frente a la Iglesia de Jesús, viendo salir los pasos. El morado en clave de revolución urbana y los sones de burla de las tubas. Ya saben de qué hablo. No me olvido de los campos de lilas en los baldíos del Campo de Cartagena, compitiendo con los jaramagos. Los vencejos, yendo y viniendo de alero a jacaranda, y de terrado a cúpula barroca. Los ojos de todos, y las pituitarias, abriéndose ante el nuevo y viejo milagro. Eso es la Primavera.
‘Que por Mayo era por mayo / cuando hace la calor / cuando los enamorados / van a servir al amor’, decía el romance antiguo, tan lleno de sintética sabiduría. Ahora se pierden las estaciones. Los jóvenes sirven al amor en cualquier estación, y se enrutina, al verse privado de milagro y excepción. Y eso es lo que han perdido con esta nueva manera de ver la Primavera. O lo que han ganado, ¿quién sabe? Vale.





