Las canciones en francés

Antes, en aquel antes de siempre, las canciones eran en francés. Y tenían glamour y tenían dulzura mediterránea. Cantar era cantar. No era otra cosa. Eran los sesenta. Y daba gusto. Aznavour, Adamo, Becaud, Brel, Mathieu, Vartan… También las había en italiano. Importaba la letra, y la poesía. Y no contaba nada el inglés. Y uno se educaba sentimentalmente con aquellas palabras. Afianzaba su francés, aprendido en unas aulas precarias, con tiza y pizarra y medios audiovisuales ninguno. Se aprendía el amor con Salvatore, y las profundidades del corazón con Charles. Gilbert nos enseñaba cosas varias, desde el humor, con le lapin et monsieur le presidente directeur general, hasta la pena causada por saber muerto un poeta.
La industria discográfica francesa invadió España, basándose en una buena pléyade de poetas cantores. Despertaba el alma, y entonces apenas salíamos de un casposo folklore de endogámico gusto por lo propio. Oír las canciones francesas era como tender un puente hacia latitudes de libertad y riberas de sentimiento universal. Mucha parte de lo que soy ahora se la debo a aquellos discos de vinilo, pequeños. Singles que se decía, como en una avanzadilla de la anglosajonización imparable del pop. Si cierro los ojos aún puedo escuchar a la Hardy, con tous les garçons et les filles de mon âge… Y si conecto con profundidades epicolíricas, hallo a Boris Vian, el poeta de le deserteur: Monsieur le Président/ Je vous fais une lettre / Que vous lirez peut-être / Si vous avez le temps / Je viens de recevoir / Mes papiers militaires / Pour partir à la guerre / Avant mercredi soir / Monsieur le Président / Je ne veux pas la faire / Je ne suis pas sur terre / Pour tuer des pauvres gens / C'est pas pour vous fâcher / Il faut que je vous dise / Ma décision est prise / Je m'en vais déserter .
Traduzco: Señor presidente, os escribo una carta que, acaso podríais leer si me concedéis vuestro tiempo. Acabo de recibir mi cartilla militar. He de partir a la guerra antes del próximo miércoles por la tarde. Señor presidente. Yo no iré a la guerra. No habré de tirarme por tierra, para matar a pobres diablos. No es por molestaros, pero es preciso que sepáis que he tomado una decisión: voy a desertar.
Y mi ser, pacifista y utópico, sentía ese regomello de la adhesión a la cansina música del valiente resignado de la letra, que vagaba por Francia, condenado y proscrito. Y así, con la casi totalidad de sentimientos, alegres, apenados, aletargados y eufóricos…. Parte de mí se halla, ciertamente, en clave de canción francesa.
Resistieron a los Beatles más de un lustro. Luego, se retiraron a sus cuarteles de invierno, allende los Pirineos, y la oleada de pop inglés y americano lo invadió todo. Para entonces, la música era ya, tan sólo, una industria. Con los cantantes franceses, había sido poesía. Vale.
Comentario:
me encataria saber mas
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Comentario:
Escucho a Charles Trenet, pausado, con voz profunda y limpia dicción: Longtemps, longtemps, longtemps / Après que les poètes ont disparu / Leurs chansons courent encore / Dans les rues... Son palabras que nos llegaban de la Douce France, cher pays de mon enfance... “La mer”, “Revoir Paris” y tantas otras que formaron parte de nuestra educación sentimental. Pero ya lo vaticinaba la Bohemia, con ecos premonitorios de un Aznavour romántico: Je ne reconnais plus / Ni les murs, ni les rues,/ Qui ont vu ma jeunesse/ En haut d’un escalier / Je cherche l’atelier/ Dont plus rien ne subsiste. Ah, Príncipe Salina, amigo Don Fabrizio, siempre hay un Calogero a la vuelta de la esquina: ¡Que vienen los bárbaros! Pero Venecia siempre está triste, siempre sigue triste: Que c’est triste Venise... Y vivimos con nostalgia aquella dulce decadencia con sones de Mahler. Y entre emmerdes y comédiens llegamos a Montand y Piaf: Non, je ne regrette rien, con voz trémula, imponente y poderosa. Bécaud y tantos otros, pero siempre el amor, el amor... No podía ser de otra manera: Prévert y Les feuilles mortes; la hojas muertas en Brel, en Piaf, pero sobre todo en Montand. Y, lo mismo que la mar borra sobre la arena las huellas de los amantes desunidos, el inglés, esa terrible lengua que los españoles nunca terminan de aprender, borró nuestras emociones, pero no pudo con los recuerdos. Gracias amigo Santiago por tan agradable y acertada página. Me gustaría entrar en Nicola di Bari, en Modugno, en Gianni Morandi o en Celentano, sobre todo si los escenificamos a la caída de la tarde en las recoletas y silenciosas orillas de un canal menor de esa Venecia siempre decadente y hermosa. Otra vez será.
Comentario:
Exactamente eso que tú dices es la verdad de muchos, entre los que me incluyo.
Pero ya Rubén Darío lo vio venir: "¿Tantos millones de hombres hablaremos inglés?", se preguntaba en su oda a Roosvelt.
Sin embargo, el frances y el italiano, aliados con la música...son, amigo mío, lo que son. Y no hay quien pueda negarlo.
Pero ya Rubén Darío lo vio venir: "¿Tantos millones de hombres hablaremos inglés?", se preguntaba en su oda a Roosvelt.
Sin embargo, el frances y el italiano, aliados con la música...son, amigo mío, lo que son. Y no hay quien pueda negarlo.
Comentario:
Totalmente de acuerdo, sin llegar a ser mi época y ni siquiera haber planes aún de mi existencia cuando Françoise Hardy enamoraba con su dulce voz a toda una generación, aún años después, esas canciones francesas han conseguido emocionarme.
Destacando también ciertas perlas de la discografía italiana de entonces.
Destacando también ciertas perlas de la discografía italiana de entonces.
Comentario:
Recuerdo un verano en el que estuve escuchando incansablemente a Charles Aznavour, con sus bohemias, su muerte de la mamá, su buen aniversario y sus Venecias solitarias, donde las lágrimas nutrían los canales. Me has devuelto al ayer, amigo mío. Quizá las canciones francesas fueron el último resto de la civilización europea, entendida como humanismo y como pentagrama del alma. Luego vinieron otras cosas, menos dulces y menos memorables. Tenemos, gracias a ellas, una posada interior en la que refugiarnos. Y es bonito que sea así.
Un abrazo
Un abrazo





