Las jacarandas no manchan, ni las moreras

Que lo sepan en el Ayuntamiento
-¿En qué Ayuntamiento, maestro?
En cualquier Ayuntamiento donde haya jacarandas por los espacios públicos.
-Jacarandas o moreras, ¿no?
Eso, y cualquier árbol que, en uso de sus sacrosantos derechos, anteriores a la existencia ce cualquier Ayuntamiento, dejan caer sus floraciones o frutos a las aceras, dejando el esclafón de sus zumos y fluidos orgánicos pertinentes. Tachar de mancha a tales condecoraciones del suelo es de destitución inmediata del sujeto pensante, es un decir, que haya parido el engendro. Destitución fulminante antes de que dé tiempo a la salida digna de la dimisión. Porque sucede que alguien, municipal y espeso, en el Ayuntamiento de la ciudad en que vivo ha denunciado la suciedad que, dice, dejan estos hermosos árboles de origen brasileño. Además, es una ofensa al Brasil, la tierra de la Chica de Ipanema, de Pelé y de la mayor zona selvática del mundo wordl: la Amazonía; o sea, del oxígeno que respiramos, trece veces por minuto, que lo contó un poeta que era ingeniro: o sea, dos veces poeta. No me sorprendería una protesta de la Embajada del Brasil ante semejante desaire.
Las hermosamente desiguales y azarosas sombras de jugo jacarandesco o moreral son señas de identidad de la madurez primaveral en esta tierra, y son, por tanto, muy nuestras. Tanto como Salzillo, sí señor. A nadie se le ocurra eliminarlas de mi vista, y de la de cualquier ciudadano avisado. Esas <
-Oiga, es que dice que el zumo corroe, o algo así, las losas y los pavimentos de las aceras…
Pues entonces, que pongan un presupuesto quinquenal para renovar los suelos. Los constructores se alegrarán mucho por ello, y se desarrollarán puestos de trabajo. Qué creían, que los árboles no tiene mantenimiento… Pues no. Sí lo tienen. Pero ese mantenimiento no pasa por evitar esa palabra muda, pero visible que son los petalillos morados de las jacarandas y los esclafones de las moreras pisadas. Unas palabras que hablan de poesía, para el que sabe escucharlas. Poesía de la belleza caducada, que no caduca. Y quien no entienda lo que digo, repita su Bachillerato. O inícielo. Hay muchos poetas no leídos. A quien de suciedad ha tachado el fenómeno que digo, le aconsejo un curso acelerado de poesía. Rubén Darío, para empezar. Y una rociada de Ciencias de la Naturaleza, sección Botánica. Y deje a las jacarandas y a las moreras llorar en paz, el final de ciclo de su evolución vital. Vale.
Comentario:
No sé si hablo por la chica de Ipanema (y las de todas las demás playas brasileñas), por Pelé o aún por los representantes diplomáticos...
Lo que sí sé es que las jacarandas, las moreras y yo te damos las gracias por tu preciosa crónica, que nos recuerda, una vez más, que la literatura (el arte en todas sus manifestaciones) es el territorio donde no hay fronteras.
Un abrazo desde São Paulo, Brasil.
Lo que sí sé es que las jacarandas, las moreras y yo te damos las gracias por tu preciosa crónica, que nos recuerda, una vez más, que la literatura (el arte en todas sus manifestaciones) es el territorio donde no hay fronteras.
Un abrazo desde São Paulo, Brasil.





