Muerte de Jehuda Ha Leví ante el Muro de las Lamentaciones, Jerusalén (1141, dC)

(Muro de las Lamentaciones, fragmento, por Marca Chagall)
El viejo poeta, nada más ver el Muro se ha cubierto la cabeza, temblando de emoción. Lentamente se acerca, saboreando el fin de su anhelado camino. Largos años desde que salió de Sepharad. Largos años. Nada pesan ya las persecuciones de Granada, los menosprecios de Toledo, las nostalgias de El Cairo, y su intento de atravesar el desierto como el pueblo de Moisés, que casi le procura la muerte. Ha llegado ante el sagrado Muro. Nada vale ya su ciencia médica, sus poemas de amor, su teología, siempre al servicio de Yahvé y su verdadera Revelación. Es viejo, y el Buen Dios le ha concedido postrarse ante las veneradas piedras. De poema alguno suyo se acuerda ahora, profano o sagrado. Lejos está la sensualidad de los versos de juventud, llenos de gacelas y de femíneas manzanas en sazón, de jardines y de metáforas de la carnalidad más veraz. Razones ninguna vienen a su mente para reforzar la creencia en el Dios de Israel. Los aforismos médicos, diríase, han huido de su cabeza, que siempre tan edificada estuvo. Nada hay de su infancia tudelana, en la dulce vera del Ebro navarro. Nada.
Nada hay en él sino su Dios, su religión, su pueblo en eterna diáspora, que ahora regresa con su persona ante el incólume Muro que un día Templo fuera. Ni conciencia tiene de sí mismo. Solos están el poeta sefardí y su Dios.
El árabe, soñoliento, recostado sobre la exigua sombra en un extremo del Muro, percibe el bulto del poeta avanzar al lugar que interdicto tienen hebreos. Ninguno se ha atrevido a venir a lamentarse ante el Muro que ya no es sino pétreo límite de la Explanada de las Mezquitas. Desde la de Omar, sobre la piedra que esconde el Domo Dorado, elevóse al Cielo el Profeta. Nada queda, pues, de la Religión del Libro Hebrea. Sacrílego quien alce el nombre del Dios de Abraham sobre el Muro. Un hervor de indignación va despertando al guerrero. Semanas y semanas de aguardar a que venga algún judío a orar, para matarlo y hacer méritos ante quienes en la ciudad mandan y ordenan en cuerpos y almas.
Cuando el viejo sefardí arriba delante mismo de las piedras, el árabe ya se ha erguido. Desata el caballo, unido a sacrílega argolla inserta en las escuadradas canterías, y lo monta. El judío ha empezado a celebrar con las rituales inclinaciones de cabeza sus sentidos rezos. Lo hace llorando.
-¡Avinu Malkenu,,,,! -
Instintivamente, el poeta repite su invocación en el árabe de su expresión teológica:
-Bismillah…
El árabe ha desenvainado su alfanje. Espolea a su caballo.
-Pater Noster…
En eso, los cascos del caballo arrollan al rezador, estrellándolo contra el Muro, arrastrándolo después por la explanada. Relincha el equino y aúlla el jinete. La sangre tiñe la mirada del poeta. Intenta erguirse, pero sólo consigue arrodillarse. Apenas un instante después siente el acero del árabe segar su cabeza. Su último instante ha sido de agradecimiento hacia su Dios. Como el humo que flota en la calma nocturna, y desaparece, así quedan los versos que compusiera en El Cairo, y que no ha llegado a recordar del todo:
El Destino me trajo rodando a los desiertos de Nof.
Dile al Hado que me siga arrastrando y me de vueltas
hasta que vea el desierto de Judá,
hasta que llegue a los confines del Norte, al Bello Lugar.
Allí me cubriré con la gloria del Nombre de mi Señor,
me pondré, envolviendo mi cabeza, el turbante de su santidad.
Vale.
Comentario:
Una estampa soberbia, Santiago. Tienes el don de "ver" escenas que se meten muy adentro. Espléndido. Gracias como lector y como ser humano.
Comentario:
Un texto conmovedor, de plasticidad asombrosa.Toda la escena aparece nítidamente visible ante los ojos mentales del lector.
Magnífico.
Magnífico.





