De los 36 a los 56
De vez en cuando, ya saben, les cuelo algún poema mío, así, puesto en renglón, separando los metros por barras inclinadas. Bien, pues hoy toca uno. Lo hice hace veinte años. Lo sé por el cumpleaños que menciona. Lo empecé ese mismo día pre-primaveral que marca mi aniversario, y lo acabé, ya se advierte en el texto, en un día de Junio pre-veraniego. Toda una estación para componer la cosa. No está mal. Saco éste, y no otro, porque en él se habla del folio y sus tachaduras. Recuerden que hace poco hablaba de tales cosas como desaparecidas. Poco sospechaba yo que, veinte años más tarde, la tecnología invadiría este mismo despacho, y mis dedos ya no apretarían cálamo alguno, sino que pincharían en acordado baile alfabético, sobre las teclas adecuadas para redactar mensaje. Y es que, ciertamente, ahora, el Recado de Escribir es otro: teclado, ratón, columna, pantalla e impresora. Eso como mínimo. En fin, ahí va el poema o cosa:
Aquí estoy ahora, / me digo, una tarde más, / como tantas otras / -treinta y seis años ya- / urbanamente emparedado. / Escribo: / La calle suena / y un grifo gotea, cercanamente, / acompasados. / Oigo el silencio / de la casa vacía / desde mi despacho, / y puedo escuchar, / si los miro, / a los libros, / a mi alrededor, callados. // El folio en blanco / voy llenando de palabras / -quién podrá decir / alguna vez que son de versos- / y, poco a poco, / mi ventana va cazando / los fragmentos de garabato / de las golondrinas / que traen consigo el verano. // Un perro ladra, / y la tarde huye / como el tubo de escape / de los automóviles / que deben pasar por abajo. // Un cenicero limpio / -yo no fumo- / de cristal, / me enseña su borde desdentado, / y observo / que los versos / que he decidido / ir tachando, / han tapado el folio / que hace unos instantes / estuviera completamente en blanco. // Sé bien que nada / tengo que decir / y que debo ir acabando, / pero no es poco, pienso, / escribir un poema / sobre una tarde / del mes de Junio / en que estaba solo / en mi despacho. // Así, teniendo un papel, / una pluma / y una vaga idea / de cómo hacer de la nada, algo; / me puse a redactar / en rima pobre, palabras tristes / y estilo claro, / no sé bien qué cosa, / que decido acabar en el verso sesenta y cuatro.
O sea, que hacer versos es hacer algo de la nada. Vale.
Comentario:
Gracias por compartir tu poema, Santiago. En mi caso es significativo porque hace 13 días cumplí precisamente 36 años. A mí no me dio por hacer un poema, porque la de poeta es una "gracia que no quiso darme el cielo". Ese mismo cielo me regaló un día lluvioso y tranquilo, sin alborotos. No miré por la ventana de mi despacho porque no lo tengo, pero sí contemplé el paisaje murciano mojado y dominado por la niebla desde la ventanilla del coche. Algo es algo. Un saludo, Presidente.
Comentario:
Pues no se si "Vale", pero lo cierto es que "cuesta" aceptarlo. Sí, cuesta aceptar que hacer versos sea "hacer algo de la nada", y es evidente que no se trata de hacerte la contraria, ya que muy bien has concluido, amigo Santiago, lo que muy bien concebiste poéticamente; mi expresión sólo es un recurso retórico, para, jugando con los diversos sentidos que las palabras nos ofrecen, poder glosar tu sinestésico poema.
Los poetas, como Eneas y la Sibila, marchan "oscuri sola sub nocte per umbra" [no puedo evitar la referencia al verso virgiliano que tanto emocionaba a Borges], pero en su viaje arrastran todo un bagaje de símbolos y tinieblas. Como en algún texto mío escribía alguna vez, y perdona por la autocita, "el arte poético aproxima a la vida, pero sólo los iniciados en la fatiga de la existencia, en el doloroso ritual del ser, en la angustiosa provisionalidad del estar, están en condiciones para intuir a través de la oscuridad". Grandezas y miserias humanas se ven transmutadas, concentradas y artísticamente validadas en las pesadillas de la prosa y en los ensueños poéticos. La nada, para el poeta, no es sinónimo de vaciedad ni de carencia, tan sólo es motivo de ordenación, desaforado e intuitivo desafío para otorgar sentido a la preexistencia. Porque sí, allí, en tu estancia, sucedía la realidad del grifo goteando, de los libros silenciosos, del límpido y desdentado cenicero, las cosas eran y sus impresiones estaban prendidas de tu experiencia, sin garantía de permanencia, suplicando una perdurabilidad sólo posible a través de la captación poética. Después, después sólo la memoria se permite juguetear con la recreación del texto; la memoria invita a la comparación, al cotejo, a la mirada a través del tiempo, a la sonrisa o a la lágrima siempre melancólica del reconocimiento de aquello que fue o que quizá pudo ser, pero que el poeta fijó definitivamente y que la lengua se encargará de hacer tan fluido y vaporoso como vago y sutil, siempre reactivándose en una red riquísima de connotaciones. Y ¿si todo hubiera sido fruto de la imaginación? Pues... ¿qué importa? nada cambiaría, el papel en blanco sólo sería el receptáculo del bullicio, del ruido de la existencia; un fijador de sentidos sometidos a la ordenación del poeta, que, humildemente, garantiza una salida del laberinto, una ruta cualquiera en el magma de las experiencias cotidianas. Tu poema, Santiago, es hermoso y recurre a la justificación del ejercicio poético, al oficio del escritor ("un soneto me manda hacer Violante..."), para re-presentar sin cortapisas ni complejos el sereno atractivo de lo sencillo, la belleza indiscutible de lo inmediato, la estética del desvelo y del descubrimiento de lo innegable por sentido o concebido.
Los poetas, como Eneas y la Sibila, marchan "oscuri sola sub nocte per umbra" [no puedo evitar la referencia al verso virgiliano que tanto emocionaba a Borges], pero en su viaje arrastran todo un bagaje de símbolos y tinieblas. Como en algún texto mío escribía alguna vez, y perdona por la autocita, "el arte poético aproxima a la vida, pero sólo los iniciados en la fatiga de la existencia, en el doloroso ritual del ser, en la angustiosa provisionalidad del estar, están en condiciones para intuir a través de la oscuridad". Grandezas y miserias humanas se ven transmutadas, concentradas y artísticamente validadas en las pesadillas de la prosa y en los ensueños poéticos. La nada, para el poeta, no es sinónimo de vaciedad ni de carencia, tan sólo es motivo de ordenación, desaforado e intuitivo desafío para otorgar sentido a la preexistencia. Porque sí, allí, en tu estancia, sucedía la realidad del grifo goteando, de los libros silenciosos, del límpido y desdentado cenicero, las cosas eran y sus impresiones estaban prendidas de tu experiencia, sin garantía de permanencia, suplicando una perdurabilidad sólo posible a través de la captación poética. Después, después sólo la memoria se permite juguetear con la recreación del texto; la memoria invita a la comparación, al cotejo, a la mirada a través del tiempo, a la sonrisa o a la lágrima siempre melancólica del reconocimiento de aquello que fue o que quizá pudo ser, pero que el poeta fijó definitivamente y que la lengua se encargará de hacer tan fluido y vaporoso como vago y sutil, siempre reactivándose en una red riquísima de connotaciones. Y ¿si todo hubiera sido fruto de la imaginación? Pues... ¿qué importa? nada cambiaría, el papel en blanco sólo sería el receptáculo del bullicio, del ruido de la existencia; un fijador de sentidos sometidos a la ordenación del poeta, que, humildemente, garantiza una salida del laberinto, una ruta cualquiera en el magma de las experiencias cotidianas. Tu poema, Santiago, es hermoso y recurre a la justificación del ejercicio poético, al oficio del escritor ("un soneto me manda hacer Violante..."), para re-presentar sin cortapisas ni complejos el sereno atractivo de lo sencillo, la belleza indiscutible de lo inmediato, la estética del desvelo y del descubrimiento de lo innegable por sentido o concebido.





