Las canciones de mi vida (3) Romance del Prisionero

Joaquín Díaz
Mediados los setenta, cayó en mis manos un LP; ahora se dicen vinilos. Era de Joaquín Díaz. Y no era una edición comercial al uso. No recuerdo bien si era del Círculo de Lectores. El cantautor venía retratado en portada. Gafas de pasta, barba pelirroja, y un aspecto de PNN, o profesor no numerario de Universidad, absolutamente veraz. Dentro del disco, un tesoro: todo canciones tradicionales españolas. Los cuatro muleros; Anda, Jaleo… Y el Romance del Prisionero. No lo conocía yo, a pesar de estudiar ya último curso de Filología Románica. En cuanto lo oí, me prendé de él
Que por Mayo era, por Mayo, / cuando hace más calor / cuando los trigos encañan / y están los campos en flor… La voz, recia y lírica del castellano de pura cepa que es Joaquín Díaz, sonaba con la pena del encarcelado de por vida, que lanzaba su dolor al aire limpio de alguna meseta española. La edad antigua conoció presos de por vida, qué importa el motivo, una guerra, un lance de honor… o de amor. El prisionero veía, o simplemente sentía pasar el tiempo, barbado, sucio, a un paso de deshumanizarse por completo… Cuántas vidas pudieron consumirse de tal manera.
Pero hubo alguien que se acordó de estos pobres seres humanos. Conocíamos canciones de centinelas, de segadores, de lavanderas, de cuna… Faltaba la del prisionero, y alguien de quien nunca sabremos el nombre tomó la forma romance, y creó estos inmortales versos: Cuando los enamorados / van a servir al amor… / quedo yo triste y cuitado /solo en esta prisión. La Primavera triunfa en todo su esplendor en los ribazos, en las eras, en los bosques, en los sembrados, colmados de grano. Y en el sinvivir de los amantes, que se buscan en ardorosa pasión. Mas el prisionero, acaso en lo alto de una torre, que perdiera su naturaleza de vigía, no tiene nada que celebrar. Únicamente su soledad. Una soledad que antes no era tal.
Que ni sé cuándo es de día / ni cuando las noches son / si no fuera una avecilla / que me cantaba al albor. Al fin, la naturaleza se apiadaba del prisionero, y le mandaba el lírico mensaje de heraldo de la alborada en forma de trino. Cual luz de vida, en medio de la tiniebla de su destierro inclemente, así sonaría cada madrugada el libre son del ave canora. Pero, no pudo ser, nos dice el prisionero: Matómela un ballestero /déle Dios mal galardón. Y solo, solo con la soledad de la tiniebla, con la soledad de la condena de muro y silencio, nos quedaba de nuevo el prisionero, deseando mal para el malvado ballestero que le quitara el único aliento de vida que conociera.
Y Joaquín Díaz daba paso, como luego de cada dístico, a un lalalá de tonos serios, cual coro de forzados camino de su fatalidad. Mas lo que quedaba como eco de las notas de la recia canción era la soledad infinita de aquellos hombres, muertos en vida, que la negra violencia de un tiempo ido, hizo funestamente posible. Vale.
Comentario:
Santiago, es también uno de mis poemas- canciones favoritos. Yo lo conozco cantado por Amancio Prada, al son de un instrumento medieval cuyo nombre desconozco, pero que suena a llanto. Cualquier día de estos intercambiamos versiones. Un abrazo: Cristina.





