Unas patatas, algunas manzanitas y un ratoncillo (cosas de Berlín)

A veces, en los viajes, surgen cosas que, como alternativas a los elementos de importancia que motivaron la marcha, resultan apenas nada. Un cuadro de mérito y fama en un Museo célebre, una perspectiva ciudadana o campestre única, un palacio, un templo, un paisaje hermoso… son las piezas maestras de toda cacería viajera. Son los reclamos previos que nos promete el viaje. No hubiéramos partido de nuestra casa para iniciarlo, de no ser por ellas.
Pero como el agua a través de las rendijas de las manos, se nos cuelan en todo viaje ciertos hechos que nos colman en lo humano y que sobresalen en otro plano muy distinto del que hubiéramos pensado como receptor de lo más importante del periplo viajero.
En nuestro viaje a Berlín, en Agosto de 2007, hubo tres sucesos de éstos que categorizar pretendo con esta prosa. Son, como anticipa el título, unas patatas, algunas manzanitas y un simpático ratoncillo.
Las patatas son las que dejan las buenas gentes en la tumba del Rey de Prusia Federico el Grande, en el jardín viñedo, debidamente balconado en terrazas, de su hermoso y barroco palacio privado de Sanssouci. Son unas patatas que alternan, asimétrica y descuidadamente, naturales, con algunas flores, asimismo dispersas, arrojadas desde la pequeña baranda de protección que separa la tumba del espacio público. Además de la lápida que recuerda al buen rey, amigo de Voltaire, hay otras tres lápidas: las de sus canes de caza, con quienes pidió ser enterrado, deseo que no se cumplió sino al cabo de más de dos siglos, en fecha muy reciente.
¿Y por qué unas patatas? La patata, el producto americano más útil para el viejo mundo, fue introducido en Prusia por Federico el Grande. Tuvo que vencer la ignorancia supersticiosa del campesinado alemán para ello. Los labradores se negaban a cultivar algo que crecía bajo tierra. El rey prusiano ordenó su cultivo y vigiló militarmente el cumplimiento de su orden. Al cabo de escasos meses todos vieron la utilidad de la regia decisión. Muchas hambrunas dejaron de serlo por este producto al que los españoles, sus descubridores en el Nuevo Mundo llamaron “Para el Papa”, frase que se apocopo en patata. En Canarias, al llamarlas papas, más cerca están del primer nombre que tuvo en la península. Las patatas en la tumba del constructor de Sanssouci representan el agradecimiento del pueblo, no sólo alemán o prusiano, pienso que del europeo también. Un buen tributo para un rey ilustrado, aunque guerrero.
Respecto de las manzanitas, contemos el sucedido. Habiamos comido, luego de regresar de Sanssouci, en la Kufurstendamstrasse, eje del antiguo Berlín libre. Echamos mal el cálculo, y pensamos que en media hora estaríamos en el Kulturforum, para ver la Gemaldegallerie, pinacoteca principal de Berlín. Al llegar al borde del Tiergarten, el pulmón verde de Berlín, cansados verdaderamente, entramos en el mítico bosque berlinés. Apenas unos metros dentro, divisamos un par de bancos de madera. Un mendigo en bicicleta lo abandonaba en aquel momento. Nos sentamos, y descansamos no poco. Al rato de estar allí, divisé, como verdes perlas de tamaño de huevos de gallina, unas cuantas manzanas, colgantes de uno de los muchos árboles que constituían la tupida pared vegetal que ante nosotros se levantaba. Luego de pensarlo un rato, me decidí. Llegué hasta el pie del manzano, y alargando mi brazo, cogí un par. Sentí cómo el ramaje se alabeaba hacia mí, y luego se soltaba, saliendo impetuoso hacia arriba. Repetí la operación alguna vez que otra, y recogí, luego de tener que saltar la última vez hacia la rama con fruta más cercana, unas seis o siete prunas. Eran verdes y muy pequeñas. Volví a los bancos y las repartí entre las chicas del grupo. Mordí yo una, y engullí su dura pulpa. Muy ácida y jugosa, como era esperable. Su tacto, empero, era agradabilísimo, de lisura pulida y suave.
Dicen que el inmenso Tiergarten quedó desolado tras la guerra. Los berlineses tomaban leña para pasar los crudos inviernos de posguerra. Cuando se habó de recuperarlo, de toda Alemania vinieron con árboles diversos para ser plantados en el corazón verde de Berlín. Yo me pregunto: ¿de qué parte alemana traerían el manzano, o el anterior a éste, del que cogí yo el bíblico fruto?
Y el ratoncito. Hemos hablado de patatas y manzanas. Ahora se trata de un animal. Sucedió así. Estábamos descansando de patear la ciudad en los bancos del boulevard central de la Joachimstallerstrasse, deudora, por decirlo en término fluviales, de la famosa Kufurstendamstrasse, justo en la confluencia de ambas avenidas se halla la torre no reconstruida de la Iglesia del Kaiser Guillermo, único monumento que quedó en el Berlín libre. Los bancos se hallaban exactamente delante del monumento que se erigió en conmemoración del 750 aniversario de la fundación de la ciudad, acontecimiento que precedió un par de años a la reunificación no sólo de los dos Berlines, sino de las dos Alemanias también. Dicho monumento consiste en dos retorcidos semieslabones de cadena, estriados, muy tortuosos, que, en vez de enlazarse, aparecen partidos en sus altos. Por en medio del arco irregular que forman se ve, al fondo, la doble construcción del torreón semiderruido del Kaiser Guillermo acompañada del modernísimo campanario, de hexagonal sección, que se construyó como uniendo lo viejo y lo nuevo, en resultona amalgama. El arco es de alto como veinte metros, y los semieslabones tienen más de un metro de ancho, son estriados y muy brillantes, casi blancos. La atracción que la perspectiva ejerce en los turistas para hacerse fotos es muy grande. Tuvimos que actuar de fotógrafos de parejas y grupos que querían las tres cosas: ellos, la cadena rota y la iglesia de fondo.
Entonces surgió el ratoncito. Debajo del banco de listones de madera enfrente del que yo me hallaba, surgió el hociquillo de un pequeño ratón. En medio de algunos de los minúsculos adoquines que pavimentaban el boulevard, apartados en azaroso desorden, apareció, ya digo, como oteando el horizonte o comprobando la hora de luz, un par de veces. Sin duda, una familia de roedores había hecho allí su hábitat. Apenas duró un instante, luego otro, y después ya nada. Sólo el recuerdo de uno de esos momentos que anuncié al principio. Leve factura, felicísimo recuerdo. Unas patatas, algunas manzanitas y un ratoncito. Alemanes, berlineses todos ellos. Vale.





