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"Recado de Escribir", de Santiago Delgado
Opiniones de actualidad y creaciones literarias
Acerca de
Santiago Delgado es Profesor de Literatura y escritor
 
Lorca y Hernández

Dentro de poco, cuatro meses, se cumplirán setenta y cinco años de que Federico García Lorca y Miguel Hernández se conocieran en la ciudad de Murcia, en la Calle de la Merced, en la casa que había, hasta hace muy poco, justo enfrente de la librería Expo-Libro, que rige mi buen amigo Alfonso, sabio de ediciones y anaqueles, una librería más de las del barrio librero murciano, donde es monarca Diego Marín. Bien, pues para celebrarlo, y sacar a Murcia del sopor mediático en que se encuentra, he presentado al Ayuntamiento, un proyectito, cuya resolución, espero, nos haga recordar a todos a estos dos poetas, los mejores, sin duda, de todo el siglo XX. Será, Dios mediante, a principios de Enero, en medio de las Navidades.
El caso es que, de pronto, caigo en que al morir, de tuberculosis en la prisión de Ocaña Miguel Hernández, le quedaron los ojos abiertos, y nadie pudo cerrárselos, ni en la cárcel manchega, ni el hospital, ni en el cementerio. Unos ojos saltones, que, según está escrito, molestaban algo a Federico. Ambos poetas no congeniaron ni mucho ni poco. Lorca era un señorito, liberal, de izquierdas si se quiere. Miguel no era señorito. En los ambientes madrileños se le huía por su exceso de rusticidad, que él, histriónicamente, exageraba a veces, haciendo cosas como subirse a los árboles, y así. Por otra parte, en aquel primer encuentro, Miguel se autodeclaró como Primer Poeta de España, cosa que sentó muy mal, pero que muy mal, al verdadero Primer Poeta de España, al ya laureado Federico García Lorca.
Bien, pues resulta, que invitado por el poeta Fulgencio Martínez para colaborar en su Revista de Letras Ágora, monográfica sobre el poeta oriolano, vuelvo a leer el último capítulo de la excelente biografía, la mejor, sin duda, de José Luís Ferris sobre Miguel Hernández, y retomo el asunto de los ojos del poeta, de cuya tonalidad, hermosamente verdes o así, discutieron algunas tratadistas de la poesía del cabrero de Orihuela. Y se me viene entonces a la cabeza la versión musical de un poemilla de Lorca, correspondiente al Cante Jondo, que dice así:
Muerto se quedó en la calle / con un puñal en el pecho. / No lo conocía nadie. / ¡Cómo temblaba el farol! / Madre. / ¡Cómo temblaba el farolito de la calle! / Era madrugada. / Nadie pudo asomarse /a sus ojos abiertos / al duro aire. / Que muerto se quedó en la calle / que con un puñal en el pecho / y que no lo conocía nadie.
Las condiciones premonitorias respecto de su propia muerte de Federico son ya un tópico. Ahora, un par de detalles de este poemilla, publicado en 1921, se proyectan trágicamente sobre su antagonista poético, Miguel Hernández. El de Orihuela murió a las cinco y media de la madrugada. Y nadie pudo cerrar sus ojos. Yo, cada vez que, desde ahora, canturreo la letrilla de Federico, veo el rostro de Miguel, dibujado por Buero Vallejo, con sus grandes ojos fijos en el infinito. Vale.
 
Comentario:
En el cementerio de Alicante, a la entrada, a la izquierda...,¡paradojas o no de la vida!, está la tumba de Miguel..
No sé realmente por qué está ahí y no en su tierra natal: Orihuela, enfín, quizás tenía ganas de vivir en la capital, aunque a pesar de todo, creo que tiene este reposo, esta parcelita para soñar en silencio, gracias a la ayuda que pidió su viuda, porque no tenía dinero para mantener la propiedad de la sepultura, y si no lo conseguía, los restos de Miguel irían a la fosa común, creo recordar que Celaya tuvo buena parte en la recaudación para que pudiera sentarse a escribir bajo los árboles el poeta, eternamente...
Tiene un pequeño jardincito casi redondo, con una barandilla pequeña y humilde, y lo que más llama la atención, es un buzón allí dentro, con una lápida y en ella una frase que viene a decir algo así como: Aunque bajo la tierra mi amante cuerpo esté escríbeme a la tierra que yo te escribiré...
Lorca o Hernández...,locos de las palabras que abrieron los árboles en donde vivían...

Margarita
No