La Campana de Huesca
En la Sala Noble del Ayuntamiento de Huesca, antaño sede del Justicia de esa ciudad, se halla expuesto el famoso cuadro de Casado del Alisal,”La Campana de Huesca”. Todos los escolares de los 50 y los 60 hemos visto una reproducción en nuestros libros de texto. La temática del cuadro se basa en una leyenda. El Rey Ramiro II el Monje ha hecho venir a la cúpula de la nobleza aragonesa a Huesca. Los ha invitado a ver una maravillosa campana que habría de oírse en todo Aragón. Descreídos y displicentes, los nobles, señores de horca y cuchillo, dueños de la guerra en el territorio, acuden a la ciudad prepirenaica. El Rey monje hace pasar uno a uno a la mazmorra donde dice construir la descomunal campana. Según descienden, los va haciendo decapitar. Forma con sus cuerpos y cabezas un remedo de campana, y hace entrar al resto segundón. Ese es el instante elegido por el pintor para plasmar la leyenda con sus pinceles. Espantados, todos retroceden ante el horror. Ellos habrán de ser quienes propaguen las ondas expansivas de esa campana que, sin sonar, se oyó, no sólo en todo Aragón, sino mucho más allá de aquel tiempo, hasta nosotros mismos.
Cánovas del Castillo escribió una versión en clave novela histórica decimonónica con el mismo título
Aragón gozó, con aquellos indeseables muertos, paz y prosperidad. En lugar de cientos, acaso miles, de muertos del pueblo llano, sólo hubo 15, todos nobles degenerados por el poder feudal y la riqueza basada en la sangre y el sudor de la plebe. Si se mira la pintura desde la puerta de la sala, sin dejar ver el marco, lo descrito en el cuadro parece la realidad que ocupa la estancia. El efecto es muy real. Parece, jocosamente, tal que una advertencia del alcalde a los concejales potencialmente díscolos.
El rey aragonés, para obrar así, siguió los consejos de su maestro, el Abad del monasterio del que había sido sacado para reinar, y que, por toda contestación a la pregunta sobre cómo debería iniciar su reinado, tomó las tijeras de podar, y, en silencio, fue cortando todas y cada de las coles del huerto monacal.
Es una de tantas historias tremendas de aquella Edad Media, feroz y sangrienta, a la que únicamente dulcificaba un algo la Religión. Yo rememoro el suceso terrible, en tanto en cuanto es una imagen de mi infancia o adolescencia, así como la de muchos. No nos mostraban la estampa como canon de horror y tragedia, sino como determinación real ante la insurrección. Hoy, las dos lecturas se entrecruzan, mostrando esa complejidad hodierna, que tanto y tanto tiene que ver con la perplejidad, verdadero signo de los tiempos. Vale.
Comentario:
En efecto, recuerdo la estampa. También la de Guzmán el Bueno, que creo que merece otro comentario tuyo. Te lo digo porque me encanta la interpretaciónm que haces de ellas y me acercan a la nostalgia de aquellos años de estudiante de Historia de España.Te lo agradezco.
Comentario:
Es terrible tanto el hecho relatado -si es que tuvo lugar así- como lo alegórico de la leyenda. Quizá en aquel tiempo -por intentar ser 'comprensivo'- eso tuviera "justificación"; y ¡ay!, aún más terrible viniendo de un rey y obispo, la espada y la cruz,... ¡cuidado!
Sören Kierkegaard, en su obra "Temor y temblor" también relata un hecho de ejercicio de la política expeditiva, pero el ejemplo transcurre en un campo de amapolas (aquí, de coles).
No sé si habrá gente que justifique comportamientos así. (Sería de estupefacción en el siglo XXI, aunque lo veamos en los telediarios).
Desmontar las conspiraciones, las huidas hacia no se sabe donde, las traiciones,... no se puede hacer, de ningún modo, por la vía expeditiva del derramamiento de sangre.
Que el buen sentido, la argumentación, la ley y el buen hacer sean las bases de la la paz;.... y no la paz de los cementerios.
Sören Kierkegaard, en su obra "Temor y temblor" también relata un hecho de ejercicio de la política expeditiva, pero el ejemplo transcurre en un campo de amapolas (aquí, de coles).
No sé si habrá gente que justifique comportamientos así. (Sería de estupefacción en el siglo XXI, aunque lo veamos en los telediarios).
Desmontar las conspiraciones, las huidas hacia no se sabe donde, las traiciones,... no se puede hacer, de ningún modo, por la vía expeditiva del derramamiento de sangre.
Que el buen sentido, la argumentación, la ley y el buen hacer sean las bases de la la paz;.... y no la paz de los cementerios.





