Carolina Coronado, de Madrazo, en el MUBAM

Acudo al Museo de Bellas Artes de Murcia, a ver la exposición traída por el Museo del Prado "De Goya a Sorolla", y, entre otras joyas, acaso más notorias, me encuentro con el que muestra la efigie de la escritora Carolina Coronado, hasta ahora tan sólo un nombre literario para mí. Su rostro, bello y triste, me subyuga. Se la llamó la Bécquer femenina. De familia liberal, tuvo que visitar a su padre en las cárceles fernandinas, y el batallón isabelino de Badajoz contra los carlistas, llevaba bandera bordada por sus manos. Feminista avant la lettree, renegó de la formación de mujer de su hogar recibida, y a los diez años empezó a escribir. Se inventó un amante, Alberto, al que hizo morir en el mar., y al que cantó como si verdad hubiera sido. Y verdad parece, leyendo los versos que le dedicara.
Fácil de comprender, amante Alberto,
es que perdieras en el mar la vida,
mas no comprende el alma dolorida
cómo yo vivo cuando tú ya has muerto.
Fama cobró su belleza, que aún se contempla y goza en el retrato que decimos. Transida belleza por la tragedia de la prematura muerte de su primogénito, aún reciente cuando posara. Desde el cuadro nos mira una mujer inteligente, dueña de sus destinos en una época en que aún a muchos hombres tal condición les huía. Hay una luz en los ojos, que quiere cumplir con el deber o tradición de aparecer hermosa y feliz para la posteridad, canon acaso del tiempo. Pero el artista, como el Arte es milagro, supo darnos la clave misteriosa para que percibiéramos la nube de tragedia que la ensombrecía.
Su poesía oscila desde lo pasional hasta lo extático, al borde de un misticismo de clave panteísta. Dueña de la rima y el ritmo, escribió novelas y dramas. Murió en 1911, en Portugal. Sufría de catalepsia, y más de una vez pregonaron su óbito. Conocía la muerte de cerca. Embalsamó a su marido, Secretario de la Embajada Norteamericana, por no enterrarlo, y a Badajoz fue traída junto con él, luego de fallecida.
Quede orla de mérito para Federico de Madrazo, el pintor, y termine esta prosa con versos de la propia Carolina, en el mejor de los garcilasismos posibles escritos, en los que invita al amante a venir a ella, juntamente:
¿Quién nos ha de mirar por estas vegas
como vengas al pie de las encinas,
si no hay más que palomas campesinas
que están también con sus amores ciegas?
Vale.





