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"Recado de Escribir", de Santiago Delgado
Opiniones de actualidad y creaciones literarias
Acerca de
Santiago Delgado es Profesor de Literatura y escritor
 
Invitación a San Carlo, de Torino

Ahora invito a todos a pasear lejos de aquí. Os señalo la Piazza San Carlo, en Torino. No quiero hacer una guía informativa o histórica. No. Antes deseo memorar la firme dulzura, la elegancia adusta del Piamonte, adensada, sabia y misteriosamente, en esa plaza. Acaso sea una de tantas en Europa. Las hay, probablemente, más bellas. O más espectaculares o históricas. No se me ocurre en qué pueda destacar que os interese, como puede interesar a un viajero una plaza de una ciudad ajena. Únicamente, perdonadme, me vienen a la cabeza categorías personales, afectivas. La Concorde parisina, universal y amplia; la Grand Place, bruselense, corazón de Europa; Picadilly, cosmopolita… Y tantas y tantas otras, de cuya memoria favor os hago de obviar.
Pero allí, en alguna parte de sus generosos soportales de capital del norte alpino, amparo de lluvia y de nieve, habita algo que no es mágico, pero que lo contiene; que no es entrañable, pero que, asimismo, lo posee. Uno sé qué, humano y cotidianamente maravilloso, valga el oxímoron, que me cautivó con una cierta suerte de levedad seductora, que aún perdura. Ocupa los medios de una avenida añeja. Es plaza encontrada al paso del caminante urbanita, que traslada sus cuidados de un lado a otro de la ciudad. No es plaza de término o de punto central de irradiación callejera. No. Es, ya os digo, plaza humilde, como calle ensanchada o venida a más.
Tiene estatua de prócer en sus medios. Manuel Filiberto de Saboya, monarca del Quinientos, que le inaugurara capitalidad a Turín. Algo de fundacional tiene, pues, la plaza por su figura. Y lo fundacional emana cierta energía que mi sensorialidad oculta acaso advierte. Pero no es eso sólo. Hay orden en la neoclásica uniformidad de ventanas, ventanales y mansardas sobre las simétricas arquerías. Pero hay algo más que orden, también. El orden sólo es perfecto. Hay vida. Siempre que pasé, mostraban dispersión de celosías abiertas, cerradas, semiabiertas, entornadas… La plaza vivía… no sólo en la calzada donde andamos los paseantes; también en sus alturas.
El Risorgimento, un nacionalismo integrador, se hizo mayor de edad en sus cafés. Un bicerino, arcano turinés de chocolate y café, tomado en medio del ambiente decimonónico de una de sus cafeterías, quizá sea el bebedizo que me enamoró de esa plaza. Por eso hoy, la memoro y me permito encareceros la visitéis. Vale.
No