BUEN REY WENCESLAO. PRAGA

Buen rey Wenceslao,
súbeme a la grupa de bronce
de tu caballo bravo,
y muéstrame Praga en vuelo,
desde tu alto pedestal de mármol.
Llégate hasta la Plaza Vieja.
por el aire cabalgando,
sobrevuela las agujas catedralicias
y desciende luego
cabe el reloj astronómico
a las doce en punto del meridiano.
Lleguémonos después
a la Sinagoga Nueva y Vieja,
junto al Cementerio Judío,
de lápidas abarrotado.
Descabalga, Rey Wenceslao,
que el Rabino León
el Rabino más amado,
nos invita a pasar adentro.
y es de nobles corazones
ser buenos invitados.
El Golem amable, su criado,
me coge las riendas
principescas del caballo,
y se lo lleva, sigiloso,
hasta los escondidos establos.
Quedo yo solo
Con tu lanza, Wenceslao,
la puerta de la Sinagoga guardando.
Luego aparece de nuevo El Golem
con una bandeja de pan ácimo
y dulce vino de Israel en sendos vasos.
Bebéis, os abrazáis, y brindáis por la paz
y por todos los seres humanos.
Nos despedimos,
y de nuevo el vuelo alzamos.
Yo, a la grupa,
tú a las riendas del caballo.
Por encima de la Karlova,
a los jesuitas saludamos,
que desde el Clementinum,
en su Torre Astronómica,
nos dicen adiós con la mano.
Llegados a la torre primera
del Puente de Carlos,
volvemos a bajar,
y ante el Descendimiento
con piedad nos arrodillamos.
Vuelves a cabalgar,
y yo, orgullosamente,
abriéndote camino solemne,
voy delante como un espolique
de los tiempos de nobles y villanos.
Suenan las herraduras huecas
sobre el duro adoquinado,
y se arrodillan con respeto
los checos a tu paso.
Inclinan la cabeza las estatuas del pretil,
en solemne señal de acato,
y los turistas, risueños, nos sacan fotos,
entre sorprendidos y arrobados.
Montamos de nuevo, tú a las riendas,
yo a la grupa, y otra vez el vuelo alzamos.
Rodeamos las cúpulas de San Vito:
Desde allí, los puentes del Moldava,
las aguas y las brumas abrazando,
parecen paisaje de cuento
por un arcángel dibujado.
Bajamos al callejón de Oro,
y en el número veintidós,
sale Franz Kafka,
-su escribir, por verte, abandonado-
a desearte buenaventura
y buen siguiente milenio
para tu memoria de eternizado.
Luego te ofrecen un vino caliente
en cristal de Bohemia,
límpido, transparente, inmaculado.
Tú, apenas lo bebes,
pero agradeces la ofrenda
con solemne gesto ritualizado.
Me haces seña, y tornamos a volar,
alto, muy alto.
Entonces llega la nube de nieve loca,
que arroja ligeros copos leves
en furioso y disperso caos,
como amables municiones
de una guerra alegre,
de traviesos angelitos malos,
de algún rococó del Hdraçany escapados.
Pierdo de vista el suelo,
y de pronto –con todo acabado-
me veo en tierra, como al principio,
ante tu estatua, tú arriba, yo abajo.
Y creo entonces que todo ha sido
por mi imaginación soñado.
Pero, al mirar tu noble rostro,
tu regia testa en inclinado
comprendo que son los sueños,
si con nobleza imaginados,
una forma de verdad, y no una mentira
que pasara por la memoria de largo.
28 de Marzo, 2008





